Tras la huella de los Camacho (I)

La antigua casa del dorador Bartolomé Camacho en la actual Calle Guadalete nª 29

La antigua calle Piernas vivió durante parte del siglo XVIII un intenso trasiego de piezas artísticas. Muchas salían, algunas entraban. Unas acabadas, otras sin terminar. Y entre estas últimas, tallas que esperaban ser doradas y policromadas para adquirir su definitivo sentido.

El centro de la actividad de la actual calle Guadalete por esos años lo constituía el obrador del Francisco Camacho de Mendoza. Su importancia hace que en torno a él sus dos hijos varones establezcan su morada y ejerzan su propia profesión. Ya se hablará de José, asimismo escultor. Recordemos hoy a Bartolomé Diego Camacho.

El azulejo con la primitiva numeración de la casa
La casa de Bartolomé Camacho en el padrón de 1778

El que puede considerarse como uno de los nombres más prolíficos de la policromía jerezana del XVIII tuvo también su casa ahí, justo enfrente de la de su padre, en la esquina con Ídolos. El edificio, aunque muy alterado en fechas recientes y “enmascarado” por una fachada neoclásica decimonónica, conserva todavía milagrosamente en la casapuerta el azulejo dieciochesco con la primitiva numeración: “S. TIAGO N.º 604”. El padrón municipal de 1778 demuestra que, en efecto, en ella vivió el dorador. Sin duda, allí colaboró con su padre en diferentes trabajos, aunque sólo conste documentalmente que ambos coincidieron en el desaparecido retablo mayor de su parroquia, Santiago. De manera paralela, desarrolló una trayectoria independiente de su familia. Hay que citar el acabado polícromo del monumental retablo mayor de San Dionisio, obra de Agustín de Medina y Flores, o su labor sobre retablos hechos por otra de las más importantes estirpes de retablistas y escultores de la zona, los Navarro. Sirva como ejemplo su intervención en el retablo de San Juan de Letrán y sus deliciosos motivos chinescos.

Detalle del retablo de San Juan de Letrán (Bartolomé Camacho, 1759)

Este 2021 continuaré reivindicando el legado de Francisco Camacho, en el que sus hijos juegan asimismo un papel nada desdeñable.

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Luces por San Lucas

Procedencia de la foto: Archivo Mas (publicada por Pablo J. Pomar Rodil en https://revistas.uca.es/index.php/trocadero/article/view/5374

Acaba este año oscuramente onírico vislumbrando anheladas luces en el vasto patrimonio sacro jerezano. Si el mes pasado me lamentaba de la situación del retablo de una de las capillas laterales de San Marcos, no puede tampoco ignorarse el estado deplorable de otra arquitectura lignaria del barroco local como es la que ocupa el altar mayor de San Lucas. Tras años de creciente deterioro, que incluso obligó a que fuera tapada para evitar el peligro de posibles desprendimientos, ha surgido la oportunidad de emprender una restauración que permita, al menos, consolidar su estructura. La ocasión ha llegado gracias a una de las ayudas que a la conservación del arte religioso ha otorgado días atrás la Junta de Andalucía. Por fortuna, no ha sido la única pieza beneficiada en la ciudad pero sí puede juzgarse el caso más relevante tanto por la gravedad como por la entidad del conjunto artístico que preside la vieja parroquia de fundación alfonsí.

El retablo mayor de la iglesia de San Lucas supuso el colofón a la gran transformación decorativa que experimenta este templo gótico-mudéjar entre 1714 y 1732 gracias a la iniciativa de su cura, Juan González de Silva. Él mismo aparece interviniendo en el contrato de la obra con el retablista Francisco López en 1723, aunque sea la hermandad de la Virgen de Guadalupe, imagen que presidiría el altar, la encargada de costear el trabajo, que no se finalizaría hasta diez años más tarde, en 1733, con su dorado. Lo curioso de este retablo es que se documentan algunas modificaciones y restauraciones a lo largo del mismo siglo XVIII que demuestran tempranos problemas que se han prologando hasta hoy.

Ahora a otra cofradía, la de las Tres Caídas, que ya ha hecho grandes inversiones en el propio edificio, le toca liderar el proyecto de esta compleja restauración, que en 2021 será por fin una realidad. 

https://www.diariodejerez.es/opinion/analisis/Luces-San-Lucas_0_1533146758.html

La casa de Francisco Camacho (y II)

El 19 de diciembre de 1757 fue sepultado en el Convento de Capuchinos Francisco Camacho de Mendoza. En el correspondiente libro de entierros de la Parroquia de Santiago se recoge su partida de defunción. Lo excepcional de este documento es que la persona encargada de apuntar el acta se extralimitó y no se resistió a añadir junto al nombre del finado lo siguiente: “singularísimo escultor entre los de Andalucía y aun de España, que entre otras obras lo acredita la arquitectura y escultura del retablo mayor de esta iglesia, especial estatuario”. Aunque no es la única prueba de la fama alcanzada por el artista, sí estamos ante la más llamativa.

El fallecimiento se produciría en su casa de la calle Piernas, hoy Guadalete. Casa que levantó tras la adquisición de dos inmuebles entre 1711 y 1712. Sin perder su propiedad sobre la misma, de 1717 a 1722 Camacho y su familia se trasladaron a vivir a la calle Larga. Fue un paréntesis de sólo unos años ya que a partir de 1723 pasaron a residir de manera definitiva en Piernas, comprando incluso ese año un solar anexo para ampliar su vivienda. Allí permanece el imaginero hasta su muerte y de allí saldrían muchas de las obras que se identifican como creadas en su obrador: el retablo de Ánimas de San Lucas, el San José de la O de Rota, el San Joaquín de Santo Domingo de Cádiz, el desaparecido retablo mayor de Santiago, citado en su acta de defunción, o tallas atribuidas con rigor, como son Jesús del Prendimiento, las vírgenes de los Remedios y la Amargura, el San Vicente Ferrer Penitente de Santo Domingo o los relieves de Ánimas de San Miguel y la Catedral.

Camacho, el mayor escultor que ha dado Jerez, tiene méritos propios para que una sencilla placa lo recuerde en el lugar donde desarrolló su trayectoria vital y profesional. ¿Tan difícil sería este merecido homenaje?

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/casa-Francisco-Camacho-II_0_1528947206.html

La casa de Francisco Camacho (I)

En la calle Guadalete, en su número 14, se encuentra una triple fachada blanca de severo diseño neoclásico. Su sobriedad, su discreta elegancia, no hace que llame excesivamente la atención. Los tres módulos se disponen con estricta simetría, demostrando que forman parte de un proyecto unitario que integra tres edificios independientes en un solo conjunto. De hecho, estamos ante la fachada principal de un gran complejo bodeguero-residencial, como lo define José Manuel Aladro Prieto en su tesis doctoral sobre la arquitectura decimonónica del vino en Jerez. Por él se sabe que se levanta en torno a los años treinta y cuarenta del siglo XIX por Patricio Garvey y que en ella interviene el arquitecto Balbino Marrón. Toda esta historia tendría suficiente entidad por sí sola para ocupar este breve espacio de opinión y divulgación pero mi objetivo con estas líneas va por otros derroteros.

El valor histórico del número 14 de la calle Guadalete va más allá de importantes nombres de bodegueros y arquitectos del XIX. Tenemos que retroceder 100 años atrás, en las décadas centrales del Setecientos. Entonces la calle se llamaba Piernas e incluso la numeración era distinta, vinculándose a la collación o feligresía de la parroquia a la que pertenece, la de Santiago. En ese momento eran tres viviendas las que se levantaban en ese emplazamiento y una de ellas, en concreto la central, era propiedad de un personaje relevante para el arte de la ciudad, como fue el escultor Francisco Camacho de Mendoza. Cuando el 9 de junio de 1835 Garvey compra la casa ante Francisco de Paula Ardizone, la escritura notarial recoge cada uno de los sucesivos propietarios hasta llegar al imaginero. El documento, por tanto, permite ubicar el lugar donde vivió, trabajó y murió el artista. Una circunstancia que a partir de ahora merecería ser recordada.

https://www.diariodejerez.es/opinion/analisis/casa-Francisco-Camacho_0_1524747601.html

Barroco en peligro

Autor fotografía: Luis Prieto Sánchez

“No dejes que se caiga!!! Ayúdanos a la restauración. Haz tu donativo en la columna digital de la entrada”. Un cartel pegado a la reja de la capilla nos alerta, y nos interpela, ante el espectáculo dantesco de su interior. Su retablo barroco se cae a pedazos. Múltiples piezas fuera de su lugar, una pilastra desprendida de forma aparatosa, la mesa de altar hundida… todo parece producto de un terremoto o de un brutal asalto. Pero, no, simplemente estamos ante el resultado de esa suma demoledora del paso del tiempo, serios problemas estructurales y, por supuesto, muchos años de descuido. Añadamos a todo eso lo peor que puede pasarle a un bien artístico para su debida tutela y conservación, “no existir”. Su presencia en esta capilla, la de los Ceas de la iglesia de San Marcos, no ha quedado reseñada en ninguna de las más recientes guías que hablan de esta parroquia. En defensa de los autores de estas publicaciones diré que hasta hace poco este interior se ocultaba a miradas inoportunas por cortinas. Con todo, alguna vez mi curiosidad me llevó a meter la cabeza y, desde luego, me sorprendí por el olvido y, también, por el interés de aquella obra. Se trataba de una estructura de finales del siglo XVII o principios del XVIII, contemporánea a la construcción del retablo mayor y, con casi total seguridad, realizada por el mismo artista, José Rey. Incorporaba pinturas y omitía columnas, como aquel, e incluía detalles decorativos muy similares. Como notas diferenciadoras, algún añadido rococó, su composición a manera de arcosolio y la efectista integración dentro del propio retablo de las ventanas que iluminan el espacio desde el exterior y que han podido ser causa principal de su deterioro.

El paso dado por el párroco para visibilizar el problema ha sido valiente. Su iniciativa debe tener ahora una respuesta igual de decidida.  

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Barroco-peligro_0_1520548049.html

Autor fotografía: Luis Prieto Sánchez

El Cementerio de Santo Domingo

Aunque frenado este año por las actuales circunstancias, el auge del denominado “turismo funerario” ha llevado a algunas ciudades y pueblos con camposantos de especial singularidad o valor patrimonial a promover su apertura para visitas culturales o turísticas. Lo que en principio pudiera parecer una actividad de ocio algo irreverente no deja de ser una vía más para el conocimiento de la historia de una localidad. En Jerez perdimos en gran parte esa oportunidad con la desaparición del Cementerio de Santo Domingo. De seguir existiendo, sería un lugar clave para adentrarnos en el relevante periodo decimonónico jerezano. Al respecto, resulta de nuevo recomendable la lectura del libro “Apuntes para el Urbanismo en Jerez durante el siglo XIX” de Jesús Caballero Ragel, del que ya hablé aquí hace unos meses.

El autor nos informa de que, pese a las prohibiciones ilustradas de finales del XVIII, los enterramientos dentro o entorno a las iglesias pervivieron hasta bien entrado el siglo siguiente, salvo en tiempos de epidemias, que motivaron la creación de sucesivos cementerios a las afueras del núcleo urbano. Uno de ellos fue el que nos ocupa, cuyos orígenes se retrotraen al año 1800, aunque no será hasta 1834 cuando se convierta de manera definitiva en Cementerio General. En 1842 se construye su capilla, de estilo neogótico, y en las siguientes décadas se producirán diferentes ampliaciones. Las más ricas familias levantaron lujosos mausoleos, de los que nos quedan interesantes proyectos conservados en el Archivo Municipal. Sin embargo, ya desde finales del XIX empieza a plantearse la búsqueda de una nueva ubicación. Activo hasta 1957, terminó derribado en los ochenta. Como denuncia Caballero, esto conllevó una destrucción “irreparable de arte funerario decimonónico de gran valor artístico, que se perdió para siempre”.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Cementerio-Santo-Domingo_0_1516348475.html

Cristóbal Voisín y Jerónimo de Valencia

El de Voisin y Valencia pudo ser el primer taller de escultura establecido en Jerez de verdadera relevancia. Al menos, eso puede deducirse por la información que los documentos han aportado a día de hoy. Procedentes de Sevilla, llegan en 1547 para abordar la que, hasta ahora, era su obra más importante conocida, la sillería de coro de los padres de la Cartuja. A partir de este significativo trabajo comienzan a recibir encargos de otras localidades cercanas, culminando todo ello en la contratación del retablo mayor de Santa María La Coronada de Medina Sidonia en 1555. Esto último lo sabemos gracias a un artículo firmado por David Caramazana Malia y Manuel Romero Bejarano que fue publicado semanas atrás en la prestigiosa revista “Archivo Español de Arte”. Ambos llevan algunos años haciendo diferentes aportaciones sobre la producción de estos artistas pero el descubrimiento de su intervención en este monumental retablo supone una novedad muy destacada. Así, dos de los mejores y mayores conjuntos escultóricos de época renacentista en la actual provincia de Cádiz, la sillería cartujana y el retablo asidonense, quedan ya para siempre unidos a ellos. El concierto firmado en Jerez expone la obligación hacer la talla y el ensamblaje de esta magna obra. Esto permite demostrar la autoría de Voisin y Valencia sobre la arquitectura retablística, donde, como representantes de ese primer Renacimiento, hacen uso de una abigarrada, aunque exquisita, decoración “a lo romano”. Mayor complejidad presenta la interpretación de la numerosa imaginería, donde consta la intervención posterior de maestros de la entidad de Roque Balduque y Juan Bautista Vázquez El Viejo. Sea como sea, insisto en la importancia de este hallazgo, que vuelve a confirmar el nada desdeñable papel de Jerez como foco artístico en la Edad Moderna.   

https://www.diariodejerez.es/opinion/analisis/Cristobal-Voisin-Jeronimo-Valencia_0_1512148825.html

La Plaza de la Encarnación

La plaza de la Encarnación a mediados del siglo XX

La Plaza de la Encarnación, con su trazado irregular y sus distintos desniveles, se presenta como resultado de una orografía accidentada y de una historia urbanística compleja. Esa gran mole de piedra de la antigua Colegial le otorgó valor monumental. A nosotros, sin embargo, nos ha llegado un lugar degradado, vulgar bolsa de aparcamiento rodeada de casas ruinosas.

Fotografía actual

Entre la Catedral y González Byass, su devenir se encuentra ligado a ambas. La construcción en el XVIII de la iglesia generó la actual configuración de este espacio. Antes, el conjunto de la primitiva colegial y anterior mezquita ocupaba parte de la plaza, quedándonos los testimonios de los restos conservados en la Casa del Abad. El proceso de transformación, aún por estudiar en profundidad, supuso también el derribo parcial del caserío circundante. Y, aunque los canónigos pusieron especial énfasis en la fachada principal, su afán constructivo afectó a las zonas ubicadas junto a las portadas laterales. La de la Visitación dio nombre a una calle y la de la Encarnación a nuestra plaza, levantándose en ellas viviendas para estos miembros del cabildo colegial con uniformes fachadas, características de la arquitectura doméstica de esos años. Esta historia cambia en el XIX con la instalación de las bodegas de los González. Su voraz crecimiento acabaría con la población y, ya a mediados del XX, con el cierre y anexión de calles limítrofes y abandono de sus casas, que pasaron a ser propiedad de la firma bodeguera.

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Fotografía actual

González Byass ha iniciado ahora otro proceso, de regeneración, con la apertura de un hotel. A ello se suma el cierre al tráfico decidido por el Ayuntamiento, otra buena noticia, siempre que no conlleve la sustitución del feo aparcamiento público por otro privado y que las anunciadas actuaciones no terminen, una vez más, con el histórico adoquinado.

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Arte “encerrado”

La pandemia ha golpeado fuerte a la llamada religiosidad popular y, de manera especial, a su expresión externa en la calle. La duración y consecuencias de esta situación son, a día de hoy, impredecibles, aunque todo parece indicar que el confinamiento sacro ha venido para quedarse durante un periodo aún indefinido. El impacto en la conservación de ese rico patrimonio cultural que emana de estas externas manifestaciones de fervor puede, también, alcanzar dimensiones imprevisibles. Ante la enfermedad no sirven las vanas ilusiones de volver pronto a la vieja normalidad, las desesperadas, e imprudentes, llamadas a sacar pasos el próximo año o la creencia en maquiavélicas manos negras. Sólo el tiempo nos dirá si estamos ante un negativo paréntesis o en un pésimo punto de inflexión. A la Iglesia y, en particular, a las hermandades quizás les toque reinventarse. A los ciudadanos, creyentes o no, nos toca no mirar a otro lado ante la suerte que corran aquellos bienes culturales en estos, enésimos, tiempos de crisis.

Porque el calendario sigue inexorable su camino. Ahora toca celebrar la festividad de la patrona y mi propuesta, en septiembre y siempre, es volver la vista al arte encerrado bajo las bóvedas de los templos, en este caso de la Basílica de la Merced. En esa ambigua arquitectura que mezcla el tardogótico con las formas desornamentadas de un peculiar manierismo, emergen el gran retablo de Francisco de Ribas, el templete procesional de la Virgen – ambos de un tímido barroco de mediados del siglo XVII – , el rico frontal de plata guatemalteco del propio altar – la obra más destacada de la platería hispanoamericana en Jerez -, el exuberante retablo relicario rococó de Andrés Benítez, el sugestivo San Serapio o el genovés Jesús del Consuelo. El arte nos sigue esperando, buscando nuestra interacción espiritual o estética.

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La capilla de la Consolación

Pocos son los lugares en Jerez donde el Barroco puede experimentarse de una forma tan plena. Dos de ellos se hallan en la iglesia de Santo Domingo: las capillas del Rosario y la Consolación. Pero si la de los Montañeses impresiona por su monumentalidad, la de la copatrona, de dimensiones menores, parece más un tocador sacro engalanado con mobiliario de la refinada, y recargada, estética rococó. Testigo de un importante fervor, la capilla de la Virgen de la Consolación tiene también mucho de misterioso sanctasanctórum, por su estratégica ubicación, en el cruce de las dos naves del templo. Asimismo, por ello, y pese a ello, es un escenario sagrado. Como en la del Rosario, la contradicción está en que el teatro barroco se escenifica en un espacio del siglo XVI. Una portada renacentista sirve de embocadura. Allí como aquí, Andrés Benítez interviene en esta metamorfosis. El maestro de la rocalla jerezana no se limita a hacer un nuevo retablo, transforma un interior de una manera audaz. La rebuscada bóveda tardogótica que lo cubre no se anula, se integra con la colorista policromía. Se abren vanos en los muros laterales y en el propio testero, cerrados por puertas ricamente talladas, que hacen que el altar se libere de la pared y que, como verdadero baldaquino, a manera de gran custodia de torre, pueda rodearse, creando interesantes perspectivas y juegos de luces. De hecho, la pared trasera, abierta al claustro, se convierte en un transparente orlado por un movido arco donde se ha visto la influencia de las tramoyas teatrales de la época. Un arco sobre el que se posan ángeles que tocan distintos instrumentos y que se diría que pretenden sumar la música a esta fusión de artes en torno a la Virgen de la Consolación. La misma que se venera hoy, festividad de la Natividad de María, como recuerdo de ese glorioso pasado.

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