Señales de alarma

En las últimas semanas ha vuelto a la actualidad la situación que viven el convento del Espíritu Santo y el palacio Riquelme. Siendo dos de las muestras más sobresalientes de la arquitectura renacentista jerezana, cada edificio presenta, no obstante, problemáticas bien distintas.

Foto publicada en milanuncios.com

El convento, de propiedad privada, lleva unos quince años cerrado, no parece tener graves problemas estructurales pero sí ha sufrido un casi total desmantelamiento de su amplia colección de bienes muebles. La noticia fue que se ponía a la venta por internet en Mil Anuncios, como si de un vulgar objeto de segunda mano se tratara. Tras ello, se despertó cierto interés mediático en los medios de comunicación. El modo de vender  resultaba llamativamente desafortunado, tanto que la orden dominica se vio obligada a retirarlo del portal.

Foto: MANU GARCÍA (La Voz del Sur)

El palacio, de titularidad municipal, acumula décadas y décadas de abandono. Por perder, perdió hasta sus techumbres hace bastantes años. Tras una reciente y mínima consolidación sus ruinas fueron incluidas en las visitas culturales organizadas por el Ayuntamiento. Hace meses nos enteramos de que había sufrido un derrumbe en su interior. La noticia ahora es que ha sido incluido en la lista roja de la asociación Hispania Nostra. La respuesta ha sido incluir la rehabilitación de parte del mismo en una solicitud de ayudas europeas.

Por desgracia, el temor a esos medios y redes sociales, que abren de vez en cuando estas heridas del patrimonio local, resulta ser un miedo transitorio, tan fugaz como el interés de la mayor parte de la ciudadanía por estos temas. En espera de la próxima señal de alarma, ambos monumentos, tan cercanos y lejanos al mismo tiempo en su naturaleza y estado, siguen sin la máxima protección de BIC y sin un proyecto de uso claro y convincente, cuestiones esenciales para garantizar un hipotético futuro.

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Ciudad franciscana

Detalle de la portada de San Francisco

San Francisco de Asís, del que ayer se celebró su festividad, ha sido uno de los santos más populares e influyentes de la historia. En Jerez la huella dejada por el franciscanismo llegó a ser tan fuerte que ni siquiera el largo ocaso monástico vivido desde el siglo XIX la ha logrado borrar del todo. Hoy les invito a descubrir los lugares donde la orden franciscana se asentó en la ciudad. Un recorrido de presencias y ausencias.

Muerto San Francisco en 1226, la llegada de sus frailes a Jerez se produciría sólo unas décadas después, con la conquista cristiana, origen del convento que lleva el nombre del santo, de franciscanos observantes. Del primitivo conjunto monacal sólo queda la iglesia pero su impacto en el crecimiento urbano del extramuros se deja sentir en su entorno más inmediato. Esta zona exterior a las murallas fue, de hecho, la preferida para fundar nuevos cenobios. Una temprana reforma de la orden masculina dio lugar ya en el siglo XV al convento de Madre de Dios, donde terminaría residiendo la sección femenina, de la que hablé hace meses y de la que persiste también el de San José de la calle Barja, único de todos los que estoy mencionando que sigue habitado. Por su parte, la orden tercera, en su rama regular, se estableció muy cerca de los observantes a mediados del XVI en el convento de la Veracruz, demolido en 1868 y sobre cuyo solar se levantaría el Teatro Villamarta.

Vista del antiguo convento de Madre de Dios antes del derribo del compás y demás dependencias conventuales

Por último, en el Seiscientos tiene lugar la instalación de descalzos y capuchinos, reformas de la orden que radicaron en los confines de las collaciones de San Miguel y Santiago. De los primeros persisten la iglesia, dedicada a San Juan Bautista, y posibles dependencias en una finca anexa. De los segundos, un edificio moderno que sustituyó al barroco en una de las actuaciones sobre el patrimonio religioso local más penosas del pasado siglo.

Interior de la desaparecida iglesia de Capuchinos

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Cenobios y clausuras

Cenobios y clausuras en el Jerez barroco. Una mirada nueva a la ciudad  convento :: Librería Agrícola Jerez

La publicación de una monografía sobre alguna parcela del patrimonio jerezano supone, casi siempre, una buena noticia. Cuando la aportación viene de un historiador de amplia y significativa trayectoria como Fernando Aroca Vicenti el interés se multiplica. Estoy hablando del libro “Cenobios y clausuras en el Jerez barroco. Una mirada nueva a la ciudad convento”, que ha sido editado este año por la Asociación Jerezana de Amigos del Archivo. El autor había firmado ya un valioso trabajo sobre la arquitectura y el urbanismo de aquella Jerez bodeguera que alcanza su cénit en el siglo XIX. En esta ocasión, sin embargo, se aproxima a esa otra devorada y reemplazada por la “Ciudad de Baco”. La Jerez sacralizada de los 22 conventos se presenta ante nosotros con toda su grandeza, y también con toda su realidad, diversa y cruda. Para ello, el referido historiador, con una gran riqueza de referencias documentales, se adentra en su morfología urbana, recorriendo estos conjuntos monacales, cuyo protagonismo durante el Seiscientos y el Setecientos llevó a veces a la absorción de calles. E incluso en un sugestivo epígrafe nos revela que, como enlace entre las dispares circunstancias barrocas y decimonónicas, llegaron a poseer dentro o repartidas por toda la ciudad no pocas bodegas.

Aunque en sus páginas se esparcen datos jugosos para la historia del arte, el referido investigador decide trascender el ámbito de lo artístico y lo urbanístico para descubrir la vida que late detrás. Nos muestra, así, funciones hospitalarias o docentes, el complejo mundo funerario asociado a los conventos, las expresiones externas a través de misiones o procesiones y, finalmente, el sorprendente terreno de las polémicas y escándalos, que nos retrata una sociedad mundana dentro de unos muros que, en el fondo, no fueron ni tan santos ni tan infranqueables.

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El retablo mayor de San Lucas

Y la luz volvió al altar mayor de San Lucas. Después de una etapa de sombra, ocultando una realidad desvencijada, mortecina, el oro vuelve a brillar. Y con él regresa también la imagen de la Virgen de Guadalupe para presidir desde el camarín el retablo felizmente restaurado. Un retablo que fue consecuencia de la devoción a esta escultura mariana que, según la tradición, fue donada a esta iglesia por Alfonso XI como acción de gracias por su victoria en la Batalla del Salado de 1340. De hecho, fue una hermandad creada para rendirle culto la que costeó esta obra retablística y la que en 1723 firmó el contrato con Francisco López. Este artista, natural de Bornos, se había instalado algunos años antes en Jerez donde tallará diferentes piezas desaparecidas, como el retablo de Ánimas de Santiago, hecho junto a Diego Roldán. En San Lucas, López fusiona la moderna hoja de “cardo”, menuda y rizada, con las viejas columnas salomónicas. El resultado es un conjunto efectista, con indudable protagonismo de la calle central, en la que se sitúa el camarín de la Virgen y la hornacina con el titular del templo, rematada por un llamativo penacho que prolonga la estructura hasta la clave de la bóveda con sentido ascensional. Respecto a su discreta imaginería, el retablista volvería a contar con Roldán para la mayor parte de ella. Con su dorado en 1733 se puso fin a toda la trasformación barroca del edificio. López ya había marchado por entonces a Cádiz, para la que hará su gran obra, el fastuoso retablo mayor de la parroquia de San Lorenzo.

Una imagen retrospectiva del remate o penacho del ático

Reinaugurado el pasado domingo, gracias a la intervención de la empresa S&S, la iniciativa de la hermandad de las Tres Caídas y a la ayuda de la Junta de Andalucía, el retablo de San Lucas vuelve a recuperar su estabilidad y parte de su belleza, perdida bajo gruesas capas de polvo, e incuria.

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San Bartolomé

Un arroyo salado brotó en las entrañas de la ciudad durante cientos de años, recorrió, partiéndola en dos, la collación de San Salvador y traspasó las murallas medievales para desembocar hacia el sur. El conocido como “Arroyo de Curtidores” unió su existencia a las tenerías o curtidurías, que se instalaron junto a él y donde se trabajó la piel usando su cauce para evacuar los residuos que generaban. En este contexto, y debido a la tendencia de los profesionales de un mismo oficio a unirse en torno a su santo patrón, surge en esta zona de Jerez la veneración a San Bartolomé, vinculado a los artesanos de la piel por creerse que había sido martirizado desollado vivo. En 1414 ya existía una cofradía dedicada al santo en la Colegial y en 1488 se funda una nueva para mantener un pequeño hospital o albergue levantado en la misma plaza del Arroyo. En las últimas décadas del siglo XVI desaparecen el arroyo, cubierto para evitar insalubridad y malos olores, y el hospital, víctima de la reducción de este tipo de establecimientos ordenada por Felipe II. Pero la memoria del arroyo y del santo pervivió: el primero manteniéndose en la nomenclatura urbana, el segundo gracias a la continuidad de su hermandad y su conversión en cofradía penitencial. 

Hoy, festividad de este apóstol, traigo el recuerdo del pasado de su culto. En el presente queda su imagen en la iglesia de San Dionisio, adonde acabó asentándose su hermandad. Esta imponente talla, adquirida en 1719 y posiblemente uno de los trabajos finales de Ignacio López, dirige una mirada ensimismada al libro que sostiene en la mano izquierda, mientras en la derecha porta el cuchillo de su martirio. La cabeza, de expresiva interiorización y ampulosa de formas, reluce de ese modo con el que sólo brillan las buenas obras de arte, incluso, con repintes y deterioros, en el más relegado rincón.

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Santa Clara

Mañana se celebra la festividad de Santa Clara de Asís. La sección femenina de la orden franciscana llegó a fundar en Jerez hasta tres conventos. El más antiguo de ellos, el de Madre de Dios, creado en 1504, estuvo habitado hasta hace sólo tres años. El segundo, que tuvo una existencia efímera, se ubicó a mediados del siglo XVI precisamente, en la calle Santa Clara, a la que dio nombre. Más tarde, ya en el Seiscientos las clarisas descalzas lograron establecerse en esa misma calle, justo enfrente de la parroquia de San Miguel. Tomando como titular a San José, se instalan en la antigua casa de Mateo Márquez Gaitán y Catalina de la Cerda, fundadores del cenobio, vivienda de la que aún perdura el patio, del XVI. La iglesia, cuya obra se ejecuta por Pedro Rodríguez del Raño a partir de la aprobación de la fundación en 1628, posee unas discretas dimensiones y cierta sencillez constructiva. De ella destacan las bóvedas, con la sobria decoración del momento en el medio cañón de la única nave y la llamativa forma de concha de la que cubre el presbiterio, que parece una versión más modesta del ábside del convento del Espíritu Santo.

Tras una primera etapa llena de dificultades económicas, la comunidad vive momentos de mayor esplendor en el siglo XVIII. Es ahora cuando los Ponce de León y de la Cerda, Marqueses del Valle de Sidueña, se convierten en patronos. Fue entonces cuando se hacen los actuales retablos. El mayor, de estípites, se puede adjudicar a Agustín de Medina y Flores, aunque fue transformado décadas después por Andrés Benítez, tallista que realizaría también la pieza más espectacular del pequeño templo, su púlpito rococó. Con su sinuosa escalera, su elegante combinación de talla dorada y cristales y su airoso tornavoz, sólo por él merece una visita esta, cada vez más extraña, reliquia de la vida contemplativa en la ciudad.

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La Cuesta del Espíritu Santo

Denostada históricamente por exquisitas mentes propias y extrañas, nuestra Colegial, la Catedral, goza de un valor indiscutible: el paisajístico. Su protagonismo en su entorno permite apreciar su mole pétrea, que fue levantada para reivindicar su preeminencia y para aspirar a más. Junto a sus tres fachadas monumentales hubo de manera paralela a su edificación importantes reformas urbanísticas para favorecer su contemplación. Incluso tras su parte trasera, menos noble por quedar inacabada, las vistas de su cúpula desde la Alameda Vieja resultan atractivas. Más apartadas, las calles que bajan desde las antiguas collaciones de San Mateo y San Lucas hasta la puerta principal de la iglesia mayor no fueron modificadas en ese ambicioso rediseño urbano. En cambio, permiten admirar perspectivas sugestivas. El caso más significativo es el de la Cuesta del Espíritu Santo. Una fotografía centenaria demuestra que nos encontrábamos ante una atalaya privilegiada. En el centro de la imagen, el simple y macizo volumen de una casa de una única planta y con un tejado a una sola agua. Al fondo, la potente presencia de la Colegial.

Si en el siglo XVIII, y aún en el XIX, Jerez estuvo preocupada por su paisaje urbano, la senda tomada en las últimas décadas va por derroteros completamente opuestos. Que la estética perdió la batalla hace años en el centro histórico no es ninguna novedad. De otra manera no se pueden entender los bloques levantados en la cercana calle Abades, una verdadera ruptura (y chapuza) urbanística. A partir de entonces un ático oculta para siempre parte de la visión de la Catedral desde el Espíritu Santo. Y en fechas recientes ha desaparecido aquella modesta casa de la vieja foto, sustituida por un pastiche de mayor altura, ahora en construcción. El gran templo ya no luce ufano. Se esconde vergonzosamente detrás.

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Juan Bautista Patrone

Como tantos otros compatriotas, Giovanni Battista llegó a España buscando la opulencia del comercio americano. Pero era sólo un niño. Un niño que debía aprender un oficio con que ganarse la vida en una tierra extraña. Entró en el taller de un escultor cuyo nombre desconocemos pero que compartía con él su mismo origen. La populosa colonia genovesa gaditana allanó la llegada de un buen número de escultores desde la italiana Liguria a la floreciente Cádiz y su entorno. Sin embargo, el maestro de Patrone tenía una desordenada vida errante que le llevó a pasar temporadas de trabajo en Málaga. Allí el joven escultor se cansó de tanto ajetreo y tomó una decisión drástica: se haría capuchino. Pero tras ser destinado al convento sevillano de esta orden, su existencia da un nuevo vuelco. Cuelga los hábitos y se lanza a trabajar definitivamente como imaginero. Su matrimonio con una Acosta, perteneciente a la célebre e influyente familia de retablistas y escultores, le abrirá las puertas de una clientela amplia, tan extensa como la archidiócesis hispalense.

Entre las últimas décadas del Setecientos y las primeras del Ochocientos, la imaginería de tradición barroca se resistió a desaparecer. La religiosidad, en el fondo, seguía siendo la misma. Y Juan Bautista tuvo éxito con sus imágenes pasionistas, sobre todo, crucificados, y sus Niños Jesús. Sería el caso del Niño de la jerezana Virgen del Carmen, uno de los mejores que talló. Obra dinámica, llena de viveza, no consigue pasar desapercibida pese a la magnética mirada de su Madre y su recargado aderezo. Sin duda, una talla infantil tan grácil y atrayente sólo pudo salir de las manos femeninas de La Roldana, dijeron algunos, y siguen diciendo, obsesivamente. Sin embargo, su estilo delata otra gubia. La de otro escultor ignorado,Juan Bautista Patrone. Otro artista por redescubrir.

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PARA MÁS INFORMACIÓN: https://www.academia.edu/40891543/El_crucificado_en_la_obra_del_imaginero_genov%C3%A9s_Juan_Bautista_Patrone_en_RODA_PE%C3%91A_Jos%C3%A9_coord_y_ed_XX_Simposio_sobre_Hermandades_de_Sevilla_y_su_provincia_Fundaci%C3%B3n_Cruzcampo_Sevilla_2019_pp_209_228_ISBN_978_84_922661_8_0_con_Jos%C3%A9_Miguel_S%C3%A1nchez_Pe%C3%B1a

Casas para una ciudad vinatera (y VII)

Para acabar con esta serie de aportaciones a la arquitectura civil de la segunda mitad del siglo XVIII, voy a recordar una casa que, por desgracia, perdimos hace décadas. Me refiero a aquella que se situaba en la esquina de la calle Corredera con la Plaza de las Angustias. De esta construcción nos han llegado algunas fotografías, que hacen lamentar su atroz derribo, y cierta documentación, que permite conocer quiénes la levantaron, los Vargas de Fontanilla. Una familia implicada también en el negocio del vino y que incluso poseería una bodega junto a su morada.

La esquina en la actualidad

La historia comienza en 1773 con la compra por parte de Diego José de Vargas de un inmueble propiedad de un personaje que conocemos muy bien ya, Juan Haurie. Meses más tarde, en 1774, Vargas emprende las obras previas de cimentación y decide solicitar permiso al Ayuntamiento para regularizar la planta de la nueva vivienda, otorgándole una forma cuadrangular de la que carecía el anterior edificio. Esto permite entender que desde el primer momento el objetivo fue enfatizar la esquina de la casa, por las amplias perspectivas que gozaba como punto divisorio entre dos espacios urbanos. Una esquina que llegaría a convertirse en una de las más vistosas de Jerez y que, con su hornacina para ostentar una imagen sacra, se inspiraba con claridad en las del Palacio Villapanés. Como en este, pudo intervenir en su diseño el arquitecto Juan Díaz de la Guerra. En 1776 fallece Diego José de Vargas sin poder ver concluidos los trabajos. Tendrá que ser su viuda, Micaela de Fontanilla, quien logre finalizarlos al año siguiente.

A la izquierda, la casa de los Vargas de Fontanilla

Aunque sin alcanzar la fortuna y protagonismo social de un Haurie o un Montana, esta familia nos habla de esos nombres secundarios, y desconocidos, que igualmente pusieron su grano de arena para renovar el caserío de esa ciudad vinatera.

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Casas para una ciudad vinatera (VI)

La intensa actividad constructiva que vive Jerez en torno a los años setenta del siglo XVIII no fue sólo protagonizada por un sector social emergente enriquecido con el vino. Aquella nobleza que hundía sus raíces en la Edad Media, y que observaba con recelo el ascenso de esos advenedizos, también se sumó, en parte, a este furor edificatorio. De este modo, Juan Dávila Mirabal levanta entonces el ahora conocido como Palacio Bertemati o Agustín Pío de Villavicencio lleva a cabo una profunda reforma de su casa familiar, el hoy Palacio Pemartín.

No muy lejos de este último, en la misma collación de San Juan, a la entrada de la calle Liebre, está la que fue morada de los Carrizosa. El edificio, que ha sufrido múltiples transformaciones a lo largo de su historia, ofrece una de las fachadas más características de este momento. Sin embargo, su origen es muy anterior, pues desde al menos 1467 estaban en posesión del mismo los antepasados de esta ilustre familia. Cuando en 1770 su dueño, Álvaro López de Carrizosa Perea, fallece, esa primitiva casa mantenía unos muros antiguos pero sólidos. El mayor inconveniente eran sus reducidas dimensiones ya que se componía únicamente “de habitaciones bajas”. Su viuda, Rosa María Adorno, como administradora de los bienes de los hijos del matrimonio, decide emprender una transformación para conseguir una “casa decente y cómoda con arreglo a sus notorias circunstancias”. Sería el arquitecto Juan Díaz de la Guerra el responsable de las obras a partir de 1772. Con el añadido de un segundo cuerpo o planta, creará la ostentosa y movida portada y la curiosa escalera principal.

Con el paso del tiempo, entrado el Ochocientos, los Carrizosa se sumarán al negocio bodeguero. Aquella vieja aristocracia se rendía así, definitivamente, ante los irresistibles encantos de la industria vinatera.

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