La Cuesta del Espíritu Santo

Denostada históricamente por exquisitas mentes propias y extrañas, nuestra Colegial, la Catedral, goza de un valor indiscutible: el paisajístico. Su protagonismo en su entorno permite apreciar su mole pétrea, que fue levantada para reivindicar su preeminencia y para aspirar a más. Junto a sus tres fachadas monumentales hubo de manera paralela a su edificación importantes reformas urbanísticas para favorecer su contemplación. Incluso tras su parte trasera, menos noble por quedar inacabada, las vistas de su cúpula desde la Alameda Vieja resultan atractivas. Más apartadas, las calles que bajan desde las antiguas collaciones de San Mateo y San Lucas hasta la puerta principal de la iglesia mayor no fueron modificadas en ese ambicioso rediseño urbano. En cambio, permiten admirar perspectivas sugestivas. El caso más significativo es el de la Cuesta del Espíritu Santo. Una fotografía centenaria demuestra que nos encontrábamos ante una atalaya privilegiada. En el centro de la imagen, el simple y macizo volumen de una casa de una única planta y con un tejado a una sola agua. Al fondo, la potente presencia de la Colegial.

Si en el siglo XVIII, y aún en el XIX, Jerez estuvo preocupada por su paisaje urbano, la senda tomada en las últimas décadas va por derroteros completamente opuestos. Que la estética perdió la batalla hace años en el centro histórico no es ninguna novedad. De otra manera no se pueden entender los bloques levantados en la cercana calle Abades, una verdadera ruptura (y chapuza) urbanística. A partir de entonces un ático oculta para siempre parte de la visión de la Catedral desde el Espíritu Santo. Y en fechas recientes ha desaparecido aquella modesta casa de la vieja foto, sustituida por un pastiche de mayor altura, ahora en construcción. El gran templo ya no luce ufano. Se esconde vergonzosamente detrás.

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Juan Bautista Patrone

Como tantos otros compatriotas, Giovanni Battista llegó a España buscando la opulencia del comercio americano. Pero era sólo un niño. Un niño que debía aprender un oficio con que ganarse la vida en una tierra extraña. Entró en el taller de un escultor cuyo nombre desconocemos pero que compartía con él su mismo origen. La populosa colonia genovesa gaditana allanó la llegada de un buen número de escultores desde la italiana Liguria a la floreciente Cádiz y su entorno. Sin embargo, el maestro de Patrone tenía una desordenada vida errante que le llevó a pasar temporadas de trabajo en Málaga. Allí el joven escultor se cansó de tanto ajetreo y tomó una decisión drástica: se haría capuchino. Pero tras ser destinado al convento sevillano de esta orden, su existencia da un nuevo vuelco. Cuelga los hábitos y se lanza a trabajar definitivamente como imaginero. Su matrimonio con una Acosta, perteneciente a la célebre e influyente familia de retablistas y escultores, le abrirá las puertas de una clientela amplia, tan extensa como la archidiócesis hispalense.

Entre las últimas décadas del Setecientos y las primeras del Ochocientos, la imaginería de tradición barroca se resistió a desaparecer. La religiosidad, en el fondo, seguía siendo la misma. Y Juan Bautista tuvo éxito con sus imágenes pasionistas, sobre todo, crucificados, y sus Niños Jesús. Sería el caso del Niño de la jerezana Virgen del Carmen, uno de los mejores que talló. Obra dinámica, llena de viveza, no consigue pasar desapercibida pese a la magnética mirada de su Madre y su recargado aderezo. Sin duda, una talla infantil tan grácil y atrayente sólo pudo salir de las manos femeninas de La Roldana, dijeron algunos, y siguen diciendo, obsesivamente. Sin embargo, su estilo delata otra gubia. La de otro escultor ignorado,Juan Bautista Patrone. Otro artista por redescubrir.

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PARA MÁS INFORMACIÓN: https://www.academia.edu/40891543/El_crucificado_en_la_obra_del_imaginero_genov%C3%A9s_Juan_Bautista_Patrone_en_RODA_PE%C3%91A_Jos%C3%A9_coord_y_ed_XX_Simposio_sobre_Hermandades_de_Sevilla_y_su_provincia_Fundaci%C3%B3n_Cruzcampo_Sevilla_2019_pp_209_228_ISBN_978_84_922661_8_0_con_Jos%C3%A9_Miguel_S%C3%A1nchez_Pe%C3%B1a

Casas para una ciudad vinatera (y VII)

Para acabar con esta serie de aportaciones a la arquitectura civil de la segunda mitad del siglo XVIII, voy a recordar una casa que, por desgracia, perdimos hace décadas. Me refiero a aquella que se situaba en la esquina de la calle Corredera con la Plaza de las Angustias. De esta construcción nos han llegado algunas fotografías, que hacen lamentar su atroz derribo, y cierta documentación, que permite conocer quiénes la levantaron, los Vargas de Fontanilla. Una familia implicada también en el negocio del vino y que incluso poseería una bodega junto a su morada.

La esquina en la actualidad

La historia comienza en 1773 con la compra por parte de Diego José de Vargas de un inmueble propiedad de un personaje que conocemos muy bien ya, Juan Haurie. Meses más tarde, en 1774, Vargas emprende las obras previas de cimentación y decide solicitar permiso al Ayuntamiento para regularizar la planta de la nueva vivienda, otorgándole una forma cuadrangular de la que carecía el anterior edificio. Esto permite entender que desde el primer momento el objetivo fue enfatizar la esquina de la casa, por las amplias perspectivas que gozaba como punto divisorio entre dos espacios urbanos. Una esquina que llegaría a convertirse en una de las más vistosas de Jerez y que, con su hornacina para ostentar una imagen sacra, se inspiraba con claridad en las del Palacio Villapanés. Como en este, pudo intervenir en su diseño el arquitecto Juan Díaz de la Guerra. En 1776 fallece Diego José de Vargas sin poder ver concluidos los trabajos. Tendrá que ser su viuda, Micaela de Fontanilla, quien logre finalizarlos al año siguiente.

A la izquierda, la casa de los Vargas de Fontanilla

Aunque sin alcanzar la fortuna y protagonismo social de un Haurie o un Montana, esta familia nos habla de esos nombres secundarios, y desconocidos, que igualmente pusieron su grano de arena para renovar el caserío de esa ciudad vinatera.

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Casas para una ciudad vinatera (VI)

La intensa actividad constructiva que vive Jerez en torno a los años setenta del siglo XVIII no fue sólo protagonizada por un sector social emergente enriquecido con el vino. Aquella nobleza que hundía sus raíces en la Edad Media, y que observaba con recelo el ascenso de esos advenedizos, también se sumó, en parte, a este furor edificatorio. De este modo, Juan Dávila Mirabal levanta entonces el ahora conocido como Palacio Bertemati o Agustín Pío de Villavicencio lleva a cabo una profunda reforma de su casa familiar, el hoy Palacio Pemartín.

No muy lejos de este último, en la misma collación de San Juan, a la entrada de la calle Liebre, está la que fue morada de los Carrizosa. El edificio, que ha sufrido múltiples transformaciones a lo largo de su historia, ofrece una de las fachadas más características de este momento. Sin embargo, su origen es muy anterior, pues desde al menos 1467 estaban en posesión del mismo los antepasados de esta ilustre familia. Cuando en 1770 su dueño, Álvaro López de Carrizosa Perea, fallece, esa primitiva casa mantenía unos muros antiguos pero sólidos. El mayor inconveniente eran sus reducidas dimensiones ya que se componía únicamente “de habitaciones bajas”. Su viuda, Rosa María Adorno, como administradora de los bienes de los hijos del matrimonio, decide emprender una transformación para conseguir una “casa decente y cómoda con arreglo a sus notorias circunstancias”. Sería el arquitecto Juan Díaz de la Guerra el responsable de las obras a partir de 1772. Con el añadido de un segundo cuerpo o planta, creará la ostentosa y movida portada y la curiosa escalera principal.

Con el paso del tiempo, entrado el Ochocientos, los Carrizosa se sumarán al negocio bodeguero. Aquella vieja aristocracia se rendía así, definitivamente, ante los irresistibles encantos de la industria vinatera.

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Casas para una ciudad vinatera (V)

La actual plaza Rafael Rivero se creó en torno a uno de los accesos a la ciudad amurallada, la Puerta de Sevilla. Será a partir del derribo de esta última en 1864 cuando adquiere la configuración urbanística que tiene ahora y que culminará con la inauguración en 1883 del monumento del célebre alcalde que le da nombre. Un siglo antes de todo esto se había levantado el espléndido ejemplar de arquitectura doméstica barroca donde vivió el propio Rivero, situado en el número 3 de la plaza. La iniciativa de su construcción partió de Antonio José de Menchaca. Pese a ser sacerdote, nos constan sus fuertes lazos con la industria del vino a través de su tío, Juan de Menchaca, uno de los pleiteantes contra el gremio de la vinatería, y su cuñado Francisco Antonio de la Tijera, mano derecha del Marqués de Montana y sucesor en la dirección de la compañía CZ. A finales de 1775 Antonio José alcanza el rango de canónigo de la Colegial lo que le anima a edificar una morada acorde a este ascenso social. Meses más tarde compra un primer inmueble al que sumará al año siguiente otro colindante. La idea era ocupar todo ese lado de la plaza. Para dar más vista a su cuidado exterior solicita incluso al Cabildo el derribo de la escalera que daba acceso al adarve de la muralla, con la que su casa lindaba. En 1777 se produciría la conclusión de las obras, como figura en el reloj de sol de la fachada. Finalmente, en 1803 vende el edificio a su cuñado, abuelo de Rafael Rivero y de la Tijera.

El canónigo debió de contar con el arquitecto Juan Díaz de la Guerra, al que conocía bien por su trabajo previo en el Hospital de la Sangre, del que Menchaca era administrador. Díaz repitió con leves variaciones la portada que trazó para el palacio de los Carrizosa varios años antes. Pero de ello se hablará ya en el próximo artículo de esta serie.

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Casas para una ciudad vinatera (IV)

Fotografía del Patronato Nacional de Turismo del Ministerio de Información y Turismo. Archivo General de la Administración.

A mitad de la “remasterizada” Corredera, la calle rompe su rectitud, se ensancha creando una especie de plaza de trazado irregular. A un lado y a otro, dos edificios, frente a frente, establecen un diálogo sutil que más bien parece un callado desencuentro. Uno ostenta una de las fachadas neoclásicas más monumentales de Jerez. El otro, más modesto de dimensiones, tiene el atractivo de su enfática portada barroca, movida y ampulosa. Se trata de la casa número 35. Su ubicación central en esa zona ensanchada de la calle no parece casual. La arquitectura doméstica de estos momentos en la ciudad busca amplias perspectivas para mayor lucimiento de sus llamativos exteriores. Es lo que persiguen con insistencia propietarios y arquitectos. En este caso, conocemos el promotor de esta construcción y suponemos el nombre de su tracista.

A finales de 1769 Francisco de Celis compra un inmueble en estado ruinoso y lo derriba para levantar una vivienda “de nueva y primorosa fabrica”, como él mismo la califica en la documentación. La muerte de su esposa en 1771, sin haberse completado las obras, obliga a elaborar una partición que nos aporta jugosos datos sobre estas. Así sabemos que se concluyen aquel año, estando a cargo de las tareas finales el carpintero Antonio Terrón. Apreciando los trabajos figura Juan de Bargas, muy probable autor del proyecto, por las estrechas semejanzas que presenta la fachada con la del palacio Bertemati, donde la labor de Bargas está confirmada esos mismos años.

Este Francisco de Celis, de origen montañés, labrador y ganadero, no se dedicó a la industria del vino pero tuvo contactos confirmados con pioneros bodegueros como Juan Haurie y Pedro Agustín Rivero, padre de su segunda mujer. Sus ansias de promoción social le llevan a hacer esta casa, que pronto se convertirá en un modelo a seguir.   

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Casas para una ciudad vinatera (III)

Juan Haurie supone el contrapunto a la ostentación y búsqueda del ascenso social que encarnan Antonio Cabezas y Francisco Romano. Haurie era francés y mostró mayor conciencia burguesa que sus dos aliados en la lucha por la liberalización del sector vinatero. Así, bajo su liderazgo no sólo se desarrolló, en los años setenta del XVIII, el pleito contra la aristocrática oligarquía cosechera, sino también una disputa con la Iglesia por unos impuestos sobre el vino con los que se financiaba la construcción de la Colegial. En este contexto Haurie reedifica su vivienda, ubicada en la calle Tornería nº 5. El primitivo inmueble lo heredó de otro comerciante extranjero, el irlandés Patricio Murphy. Unidos ambos en la amistad y en la industria vinícola, crean las bases de lo que será la posterior firma Domecq. En 1772 Haurie compra dos casas anexas para ampliar las dependencias de una morada desde la que dirigió sus crecientes negocios. En 1773 el carpintero Juan Falcón estaba a cargo de la obra.

La casa parece reflejar la condición burguesa de su dueño. Aunque con la estructura habitual de dos cuerpos y soberado, su aspecto es más sobrio que el de otras fachadas civiles del momento, llamando la atención la portada principal, sin decoración vegetal pero con dos posibles representaciones de oriente y occidente a través de sendas cabezas tocadas con plumas y turbante, que podrían aludir a la dedicación de exportador del propietario. En este mismo sentido, destaca la torre-mirador que se yergue a un lado y que conecta con la arquitectura doméstica de ciudades mercantiles como Cádiz y El Puerto. En cambio, en el patio, columnas y arcos en esviaje participan del interés por la perspectiva de arquitectos locales como Juan de Vargas o Juan Díaz, acaso vinculados de alguna manera con las trazas de este singular edificio.

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Casas para una ciudad vinatera (II)

La vivienda puede, con frecuencia, ser un reflejo de la personalidad de su propietario, de aquél que la manda a construir, expresando con estos edificios sus inquietudes y anhelos. ¿Cómo fueron las casas de esos pioneros bodegueros del siglo XVIII y qué imagen de sí mismos proyectaron en ellas? Muy conocido es el caso de la monumental construcción erigida por Antonio Cabezas de Aranda, el actual Palacio Domecq, prototipo y máxima creación de la arquitectura doméstica barroca local. Menos se sabía sobre las moradas de otros impulsores de la industria vinatera de esos años.

Uno de éstos, Francisco Romano de Mendoza, compartió con Cabezas sus aspiraciones nobiliarias. En 1775 ambos reciben el ansiado reconocimiento. Al primero se le reconoce su hidalguía, el segundo se convierte en Marqués de Montana. Si Domecq se levanta con ostentación entonces para testimoniar este logro, la casa de Romano ya era en la década anterior “una de las mejores de la ciudad, por su hermosa estructura y famosa disposición”. Con estas expresivas palabras se alude a ella en la crónica de la visita a Jerez del embajador del sultán de Marruecos en 1766 ya que fue la elegida para hospedar a este exótico e ilustre personaje. La casa tenía un origen anterior, relacionado con viejas estirpes jerezanas como son los Zarzana y los Ponce de León. Fue comprada en 1752, siendo reformada y ampliada tras la sucesiva adquisición de otras fincas limítrofes. Además de un oratorio adornado por un retablo de Andrés Benítez, sabemos por viejas fotografías que poseía un vistoso patio al que daba una excepcional escalera principal de doble arranque. Se situaba en el actual nº 16 de la calle Francos. Un bloque de pisos ocupa ahora su lugar, testimoniando otro momento histórico de Jerez, el del desprecio hacia la arquitectura de nuestro rico pasado.

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Casas para una ciudad vinatera (I)

En los años setenta del siglo XVIII se produce en Jerez un enfrentamiento entre dos poderosos sectores sociales por el control de la industria del vino, que por entonces vive un fuerte crecimiento. Son la vieja oligarquía cosechera y la emergente burguesía vinatera exportadora. La lucha de esta última por lograr la liberalización del sector desembocó en un pleito contra el Gremio de la Vinatería, controlado por la nobleza. Dos grupos que esos mismos años escenificarán su rivalidad asimismo con la construcción de suntuosas viviendas. Por un lado, estarán pioneros bodegueros como Juan Haurie o Antonio Cabezas; por otro, familias como los Dávila, los Carrizosa, los Villavicencio o los Panés.

No es la primera vez que saco a relucir en este rincón de Diario de Jerez la arquitectura doméstica del Setecientos en la ciudad. En esta ocasión vuelvo a retomar este llamativo tema para divulgar las últimas investigaciones que sobre este asunto he abordado recientemente. Investigaciones que acaban de ser recogidas en un artículo incluido dentro del libro “De las Cepas a las Copas. El vino de Jerez desde la Edad Media hasta nuestros días”. Esta publicación, que en fechas próximas será presentada, reúne parte del contenido del congreso que bajo el mismo título se celebró en 2019 y fue organizado por el Ayuntamiento, la Universidad Pablo de Olavide y la Asociación Jerezana de Amigos del Archivo, editores ahora de una obra que pretende ser una referencia obligada para el conocimiento de esta crucial parcela de la Historia local.

Durante las próximas semanas desfilarán por aquí diferentes casas dieciochescas que suponen un capítulo muy destacado de nuestra arquitectura. Resultado de una emulación, de una lucha por el preeminencia, en una sociedad en transformación que vive en lo artístico los últimos aleteos del Barroco.  

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La Pasión olvidada (y XIX)

Toca terminar un año más nuestro recorrido cuaresmal. Ahora nos dirigimos a la iglesia de San Francisco. En una de las capillas laterales del lado izquierdo o del evangelio se halla la protagonista de las líneas de hoy. En un modesto altar, dignificado por un dosel, una imagen de la Virgen de las Angustias llama la atención. Esta pieza de talla completa representa el tema pasionista de la Piedad. María sostiene en su regazo el cuerpo de Cristo. La cabeza de éste cae hacia atrás con expresión de patetismo. Una de sus manos, lánguida, es sostenida con maternal sutileza. La vestimenta de la Virgen se resuelve a base de profundas oquedades, que aportan un palpitante claroscuro a un volumen, con todo, compacto y policromado sin grandes ostentaciones decorativas. El artista suple sus limitaciones en las proporciones y en el estudio anatómico con detalles efectistas como estos y centra sus esfuerzos en el rostro mariano, en cuya ejecución se esmera. La encarnadura pálida de la piel y los dientes de nácar que asoman en la boca entreabierta ayudan a crear un delicado, a la que vez que dramático, semblante.

Atribuida con rigor a Diego Roldán por Pomar Rodil y Mariscal Rodríguez, podría considerarse una de las creaciones más atractivas de su más que probable autor, que siempre mostró una especial sensibilidad por la iconografía de la Dolorosa. Este escultor sevillano, que se afinca muy joven en Jerez, vivió mucho tiempo en calles aledañas al convento franciscano, para el que tuvo que trabajar con asiduidad, como manifiestan, además de esta obra, tallas como el popular San Judas Tadeo o la discreta imaginería del retablo mayor.

Más allá del olvido, de coloridos perdidos tras capas de polvo, las Angustias de San Francisco abre una puerta más al arte del XVIII local, sugestivo y auténtico hasta en sus posibles incorrecciones.

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