Los Ponce de León en Jerez (II)

El comienzo de la historia de los Ponce de León en la ciudad podría situarse en la segunda mitad del siglo XV. En un período de debilidad de la Corona de Castilla, se llega a uno de los puntos álgidos de las denominadas “banderías”, que aquí traerán consigo la división de la oligarquía en dos bandos enfrentados entre sí. Cada uno de ellos apoyará a uno de los dos grandes linajes nobiliarios andaluces, Ponce y Guzmán, en su lucha por lograr la supremacía en la región. En este contexto, se produce incluso la toma de Jerez en 1471 por Rodrigo Ponce de León, Marqués de Cádiz, de la que queda el testimonio material de la torre de su nombre en el Alcázar. Años más tarde, los Reyes Católicos pondrán orden y pacificarán la zona pero los intentos de influencia de la Casa de Arcos continuarán con el matrimonio de segundones de la familia con hijas de poderosas estirpes locales que formaron parte del bando de los Ponces. Ello explica la unión entre Eutropio Ponce de León, hermano del Marqués de Cádiz, y Catalina de Vera, hija de Pedro de Vera “El Bermejo”. La vivienda de este último, ubicada en la calle San Blas, pasará tras su muerte a ser propiedad de su yerno. Esta construcción, que nos ha llegado muy alterada y en un pésimo estado, mantiene aún su severa portada gótica, con sencillos baquetones y dovelas engatilladas sobre el dintel. Quizás esta portada se levantara en vida de “El Bermejo”. En su testamento, de 1479, si bien no aporta detalles sobre unas posibles obras en su morada, no deja de llamar la atención que aparezca como testigo Antón Rodríguez, “alcalde de los alarifes” de la ciudad y sobrino del célebre Alfonso Rodríguez. 

Eutropio Ponce de León contraerá segundas nupcias con Marina de Trujillo. Sus descendientes serán durante los siguientes siglos los propietarios de la casa, que veremos que sufrirá una serie de transformaciones hasta alcanzar buena parte de su aspecto actual, robusto y ecléctico.

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Los Ponce de León en Jerez (I)

La Historia vive, o duerme, en los archivos. Despierta de su letargo cada vez que un investigador abre un legajo y, a través de él, intenta descifrar el pasado. Pero para que este hecho se produzca una y mil veces resulta esencial una efectiva labor de conservación. Por eso, cuando los sucesivos gobiernos que han pasado por el Ayuntamiento no han apreciado tan elemental tarea, han estado reiteradamente obviando el valor de su archivo municipal. Para la Historia del Arte la documentación constituye una fuente básica. Los avances que ha experimentado el conocimiento del patrimonio histórico-artístico jerezano en las últimas décadas serían impensables, por ejemplo, sin los protocolos notariales, depositados en el edificio de la plaza del Banco en unas condiciones mejorables que en los últimos días los ciudadanos han conocido por los medios de comunicación. Polémica que debería conllevar medidas reales y efectivas por las distintas administraciones y no quedarse en otra disputa entre partidos con el patrimonio como excusa.

Sin nuestro archivo limitadas hubieran sido las investigaciones. Y sin ellas pobres los intentos de divulgación, como los de este espacio de Diario de Jerez que vengo habitando desde hace ahora justamente nueve años. Sin una decidida apuesta por nuestro archivo tal vez no abunden tampoco las donaciones privadas. Una de ellas, la del Fondo Dª Pilar Ponce de León y de las Heras, ha dado lugar a una nueva publicación sobre “La huella documental de los Ponce de León en Jerez de la Frontera”, coordinada por Manuel Barea Rodríguez y publicada por la Universidad de Huelva. En ella participo con un estudio sobre las moradas de esta estirpe en la ciudad, nutrido de numerosos datos sacados de dicho fondo y del notarial. Un trabajo cuyas conclusiones sintetizaré en la serie que se inicia a partir de hoy.

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La iglesia de la Trinidad (y VII)

Hasta 1857 una “ruinosa tapia” cercaba el atrio que antecede a la puerta. Un año antes, el bodeguero Julián Pemartín compraba el convento, lo derribaba y construía sobre él su vivienda y otras dependencias bajo diseño de Agustín García Ruiz. El templo siguió al culto como ayuda de parroquia de San Miguel y se integró en el nuevo conjunto mediante la creación del elegante enverjado, también trazado por García Ruiz y que tan característico resulta de esta iglesia. Al fondo, enmarcada por las dos hileras de naranjos, la portada. Su sobriedad de inspiración manierista puede confundir pero sigue muy de cerca otros ejemplos arquitectónicos jerezanos del último tercio del siglo XVII.

Traspasamos la puerta y tenemos que hacer un esfuerzo para imaginarnos un interior lleno de retablos y pinturas murales. Reconstruyamos con la mente lo que falta en sus bóvedas o la talla policromada que un día ocupó esos arcos ciegos en las paredes. Desde 1885, momento en el que las Esclavas del Sagrado Corazón de Jesús consiguen su cesión, el edificio se reforma, depura y adapta a los vigentes gustos decimonónicos. Mucho más tarde, en los años setenta del siglo XX, el minimalismo postconciliar hará el resto.

Autor fotografía: Jesús García

Sólo se mantuvieron tres imágenes de especial significación: el grupo dieciochesco atribuible a Jacome Vacaro de San Rafael y Tobías, tan a propósito para un colegio, y las dos grandes devociones históricas de la Virgen del Buen Suceso, pieza de mediados del XVI relacionada con Roque Balduque, y el Cristo de la Humildad y Paciencia, obra de Francisco de Villegas de la que en 2022 celebramos su cuatrocientos aniversario. Una efeméride que ha justificado un libro. Y un libro que ha dado lugar a la serie que ahora concluye con estas últimas claves para comprender este monumento religioso, “invisible” dentro del patrimonio local.

Autor fotografía: Jesús García

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La iglesia de la Trinidad (VI)

Distribución de los altares de la iglesia de la Trinidad en el siglo XVIII

La llegada del siglo XIX supuso el declive para el convento de los trinitarios. Hechos tan desafortunados para el cenobio como la invasión francesa o la Desamortización de Mendizábal, paradójicamente, fueron beneficiosos para nuestro conocimiento de la decoración barroca de su iglesia gracias a que generaron sendos inventarios que permiten hacernos una idea de la profusión de retablos, pinturas y esculturas que llenaba su interior aún en 1810 y 1835, fechas respectivas de dichas descripciones. Frente a la sobriedad de la portada, fuera, o la sencillez en la articulación de muros y bóvedas, dentro, sorprende la existencia de doce altares, sin contar el gran retablo mayor que presidía el espacio. Así, se sucedían en los laterales los retablos de la Virgen de la Oliva, Sagrario, Cristo de la Humildad y Paciencia, San Simón de Rojas, Virgen de las Nieves, San Rafael, San Judas, San Félix de Valois, Virgen de la Amargura y San Juan de Mata, además del retablito de reliquias y el altar pintado en la pared de Santa Laura que se situaban a cada lado en el presbiterio. Obras, la mayoría, creadas con motivo de la reedificación del templo en el XVIII y en las que están confirmadas las autorías de retablistas como Francisco López y Agustín de Medina o escultores como Diego Roldán. Junto a la intricada talla dorada, de la que nos quedan como único testimonio los restos conservados en el actual retablo del altar mayor, hallaríamos pinturas murales que aportarían exuberancia y aparente complejidad a la simplicidad arquitectónica del edificio. Las que vemos en las bóvedas con santos y mártires de la orden trinitaria, entre otros temas,  nos permiten vislumbrar una parte de esta ornamentación.

Escena de martirio de frailes trinitarios de la bóveda del antepresbiterio de la iglesia de la Santísima Trinidad (anónimo, siglo XVIII). Autor fotografía: Jesús García
Firma de Diego Roldán sobre una imagen procedente de la Trinidad

Casi todo ello fue perdiéndose, por el deterioro del tiempo y el poco aprecio hacia lo barroco, desde finales del propio siglo XIX.  

La iglesia de la Trinidad (V)

Y llegamos al templo que hoy conocemos. Autores como Sebastián Marocho y Luis de Grandallana aportaron la noticia de la conclusión del presente edificio en 1724. Fernando Aroca, por su parte, nos informa sobre la solemne inauguración de la renovada iglesia en 1725, cuando se vuelve a colocar la Virgen del Buen Suceso presidiendo el altar mayor, como venía sucediendo desde la llegada a Jerez de la talla en 1635. No obstante, son muy pocos o prácticamente inexistentes los datos que tenemos de unas obras que vinieron a sustituir a la construcción levantada apenas un siglo antes.

Virgen del Buen Suceso. Autor fotografía: Diego Sobrino

Cuando en 1728 la comunidad trinitaria invita al cabildo municipal a asistir a la octava en honor a la referida imagen mariana se dice que estos cultos anuales a la copatrona llevaban más de cuarenta años sin celebrarse “por la ruina de su templo”. En efecto, el cronista de la orden Domingo López nos cuenta que en 1682 se decidió abovedar el coro, lo que provocó que todo el muro que daba a la calle Santísima Trinidad se resintiera, obligando a retirar la espadaña de ese lado. Pero se fue más allá de una simple consolidación, hasta el punto de que podría concluirse que toda la configuración actual responde a los últimos años del XVII y, sobre todo, primeras décadas del XVIII.

Vista del interior hacia el coro. Autor fotografía: Diego Sobrino

Cualquier acercamiento al autor de las trazas o maestros de obras que intervinieron en ella pasa, por ahora, por las hipótesis. En este sentido, resulta sugestiva la vinculación de la familia Bautista con el convento pues vivían en sus aledaños, recibieron en 1727 un altar y entierro en la nueva iglesia e incluso consta que concluyen el claustro anexo. Con todo, en contraste con la reforma barroca que éstos efectúan en San Lucas, aquí la sobriedad es protagonista, si bien estamos ante una sencillez, como se verá, desvirtuada por los cambios de gustos, y de propiedad.

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La iglesia de la Trinidad (IV)

Bóveda de la antigua capilla de los Calderón

¿Cómo era el templo de la Trinidad en el siglo XVII? La documentación da algunas respuestas pero se cuenta, sobre todo, con una valiosa fuente, hasta ahora desconocida por la historiografía local pero que ya dio a conocer en 2012 Porres Alonso en su monografía sobre los “Conventos trinitarios en España y Portugal”. Se trata de la “Historia de la provincia de Andalucía de trinitarios calzados” de fray Domingo López. En la segunda redacción del manuscrito, fechado hacia 1715, aparece una descripción del convento jerezano y se detallan con cierta precisión las características y decoración de aquella iglesia a finales del Seiscientos o principios del Setecientos. El cronista de la orden asegura que tenía una única nave cubierta de madera y que contaba con capillas en el lado de la epístola y altares en el del evangelio. Las capillas laterales fueron cinco. La primera era de Bartolomé Calderón. Le seguían la del Cristo de la Humildad y Paciencia, la de la Encarnación, la de la cofradía de San Antón y la que poseía entonces Diego López de Espino. A excepción de esta última, que se perdería en la reedificación que sufre el edificio en el siglo XVIII, el resto puede identificarse con diferentes tramos de la nave, hoy en parte compartimentada, que discurre paralela a la derecha de la actual construcción. Aunque Pomar Rodil y Mariscal Rodríguez llamaron la atención sobre su existencia y origen, puede confirmarse ya su identificación con las capillas que consta que se levantaron en este sector entre 1613 y 1626. Lo confirma además el hecho de que la primera de las citadas, que ahora cumple función de sacristía, adorna su bóveda, oculta por un moderno techo de escayola, con el escudo de los Calderón.

El propio López nos informa de la ruina de la iglesia en 1682. Será el punto de partida para una renovación casi integral.

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La iglesia de la Trinidad (III)

Bóvedas de las antiguas capillas laterales. Autor foto: Francisco José Fernández Ferrer

El segundo templo con el que contó el antiguo convento de los trinitarios calzados en la ciudad vimos que se empezó a levantar a finales del siglo XVI. No existen referencias al autor de las trazas de este edificio. Sólo hay noticias de los sucesivos maestros que trabajaron en las obras.

Escritura de cancelación de la obra de la capilla mayor (1601)

La nave no fue abovedada, sino cubierta por una armadura de madera, siguiendo la tradición mudéjar, que fue ejecutada por el carpintero Alonso Benítez en 1599. No obstante, varios años más tarde, a comienzos del Seiscientos, la capilla mayor o presbiterio, que sí tenía que cubrirse con una bóveda de cantería, todavía no se había concluido. Fue entonces cuando aparece en escena Álvaro Rodríguez de Figueroa, un personaje, enriquecido con el comercio americano, al que distintos historiadores atribuyeron la financiación y patronazgo de la capilla mayor. De hecho, se llega a firmar un contrato en 1601 para su construcción e incluso se compra la piedra necesaria para ello. Sin embargo, desavenencias entre el benefactor y la orden llevan a suspender la edificación y malograr el patrocinio de Rodríguez de Figueroa meses después. En 1603 las labores constructivas en el convento se habían retomado, adquiriéndose una serie de carretadas de cantería.

Contrato para terminar la capilla de San Antón (1612)

Los siguientes datos aluden a las capillas que se abren en el muro de la epístola. Entre 1608 y 1612 se hace la capilla de San Antonio Abad con el respaldo de Lorenzo Fernández de Villavicencio y la intervención de Juan Pérez de la Parra, Juan Mateos y Antón Martín de Burgos, maestros canteros, los dos últimos, que se encargan también en 1613 de labrar el coro alto a los pies de la iglesia. Finalmente, en 1626 a Antón Martín Calafate se le encomienda la realización de dos nuevas capillas siguiendo el modelo de la de San Antón. Ya comprobaremos que estas capillas laterales aún se conservan.

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La iglesia de la Trinidad (II)

Bóveda de una de las antiguas capillas laterales. Autor foto: Francisco José Fernández Ferrer

Continuando con el comentario de la monografía sobre el convento de la Santísima Trinidad y la hermandad de la Humildad y Paciencia, hay que decir que para aproximarse a las construcciones previas que antecedieron al actual templo resultó necesaria la investigación en archivos como el Nacional de Madrid, así como el Diocesano y, muy especialmente, el Municipal, ambos, en Jerez. De este último tienen interés las peticiones de ayuda que hacen los frailes trinitarios al cabildo de la ciudad para diversas obras conventuales y que aparecen recogidas en la sección de Actas Capitulares. Asimismo, han sido numerosas las consultas al fondo de Protocolos Notariales. En este sentido, en el libro son frecuentes las citas a las referencias documentales aportadas sobre este particular por José Jácome González y Jesús Antón Portillo en su importante serie de artículos publicados en la Revista de Historia de Jerez entre 2000 y 2002. Gracias a esta sustanciosa fuente se ha podido acceder de manera directa a una buena cantidad de escrituras cuyo contenido ha permitido ampliar una rica información hasta ahora dispersa e incompleta.

Petición al Ayuntamiento de cortar palmas para hacer horno de cal con destino a la obra de la iglesia (1590)

De este modo, sabemos que en 1571 se concede la licencia por parte del Arzobispado de Sevilla para poder construir el convento en su ubicación definitiva. Dos años más tarde la primera iglesia sería una realidad. Con todo, tal vez por su modestia, fue pronto sustituida por una nueva que la documentación nos informa que se estaba levantando ya en 1590. En 1599 la nave se había cubierto con una armadura de madera. Quedaban por levantar la capilla mayor o presbiterio, coro en alto a los pies y una serie de capillas abiertas en el lado derecho o de la epístola. De todo ello hay datos entre los años 1601 y 1626, apareciendo a cargo de los trabajos distintos maestros, como se verá en el próximo artículo.

Cesión de sitio en la iglesia para labrar capilla por parte de los frailes a favor de la cofradía de San Antonio Abad (1608)

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/iglesia-Trinidad-II_0_1680132226.html

La iglesia de la Trinidad (I)

Hace unas semanas se presentaba “El convento de la Santísima Trinidad y la hermandad de la Humildad y Paciencia de Jerez de la Frontera: una historia compartida”. Se trata de un proyecto que no hubiera sido posible sin la financiación de la Junta de Andalucía ni sin la iniciativa de la propia cofradía, a través de la cual puede ser adquirido este libro. El objetivo central fue la reconstrucción del recorrido histórico y del patrimonio artístico tanto de la antigua hermandad como de la actual, con motivo de los cuatrocientos años de la realización de la imagen del Cristo titular de ambas. Aún así, una parte no menos importante de los esfuerzos se centraron en hacer un estudio lo más completo posible sobre la sede de las dos sucesivas corporaciones penitenciales, lugar en el que ha recibido culto dicha talla desde su llegada a Jerez hacia 1636. Es por ello que desde hoy voy a dedicar este rincón de Diario de Jerez a hablar de la iglesia de la Trinidad. Un edificio religioso que pasa algo inadvertido, quizás por su sencillez estructural y la presente austeridad de su interior, lo que ha llevado incluso a que se hayan interpretado sus formas arquitectónicas dentro de cronologías dispares. A partir de un análisis estilístico y de una revisión documental y bibliográfica se ha podido, sin embargo, iluminar en cierta manera su complejo proceso constructivo.

Si bien los trinitarios calzados se instalan en la ciudad varios años antes, la fundación del convento en el sitio donde finalmente se ubicó se produciría en 1569. A partir de ese momento se sucederían durante los siglos XVI, XVII y XVIII hasta tres iglesias, la última de las cuales se corresponde con la que ahora existe. El único elemento, junto a una serie de capillas laterales, que perdura del primitivo cenobio. Todo ello se comentará en siguientes artículos.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/iglesia-Trinidad_0_1675932566.html

La Pasión olvidada (y XXII)

La inmensidad del retablo mayor de la iglesia de San Mateo, sus formas monumentales, sus grandes rocallas, distraen la mirada, llevan a obviar su imaginería, creada casi en su totalidad con un sentido decorativo y un escaso esmero en su ejecución. Más difícil aún resulta poder atisbar la figurilla que se coloca, sobre el sagrario, en la hornacina que en otros siglos cumplía la función de manifestador, es decir, la que servía para exponer al Santísimo Sacramento. En la actualidad suele estar ocupada por dicha imagen, que representa a Cristo atado a la Columna.

En la tercera y última entrega de esta anual serie dedicada a la escultura pasionista no procesional volvemos al pequeño formato. Sesenta y siete centímetros de altura son suficientes para expresar dinamismo y languidez. La columna, baja y de perfil abombado, sitúa al conjunto en una cronología barroca. Amarrado a ella, Cristo parece estar a un punto de desfallecer, inclinando su cuerpo hacia el lado contrario. Este movimiento, plasmado en el torso, se marca con la caída extenuada de la cabeza. Un prolongado y ondulado mechón en el hombro derecho incide en esa posición inestable y trae recuerdos de la producción de Francisco Camacho de Mendoza. Para intentar, sin embargo, equilibrar la composición, las manos se disponen hacia su izquierda, lateral del que pende también el amplio sudario. La anatomía, esbelta, y la policromía, nacarada y salpicada de regueros de sangre, completan una obra donde sobresale un rostro de dolor dulcificado, de ojos claros y entornados. De este delicado acabado polícromo hay que lamentar el deterioro que presenta, con importantes pérdidas en su capa pictórica, sobre todo, en la zona superior de la talla.

Su ubicación no ha permitido que sea conocida ni valorada. De nuevo, en esos rincones recónditos agoniza nuestra Pasión olvidada.