Santa Mónica

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Su existencia ha pasado muy desapercibida. Tal vez su emplazamiento, dentro del retablo mayor de un convento de monjas, la haya situado al margen del interés de los devotos, y también de los historiadores del arte. Será la distancia o la miopía – física o mental –  de unos y otros, pero Santa Mónica parece palpitar. Está viva, sobre todo, al lado de los otros santos, inexpresivos e inmóviles, del sobrio altar, construido 100 años antes de que esta escultura se colocara allí. Su figura describe un elegante movimiento, una gesticulación honda y equilibrada a la vez. Una discreta diagonal marca la colocación de los brazos, con manos de correcto y cálido modelado y posturas contrapuestas: la izquierda sujeta firmemente un crucifijo al que mira con ardor y la derecha cae lánguida para sostener un pañuelo. Ambas complementan a la perfección la cabeza, vigorosa, con una toca agitada enmarcando el rostro donde se mezcla el misticismo con un profundo dolor. La santa llora por un hijo descarriado y hereje, aquél que después se convertirá al cristianismo y que llegará a ser nada menos que uno de los Padres de la Iglesia, San Agustín.

La talla revela los excelentes niveles de calidad que alcanzaría la escultura jerezana del siglo XVIII y, en particular, su más que probable autor, Francisco Camacho. Un artista que nos dejó las dolorosas de los Remedios y Amargura o el San Vicente Ferrer Penitente de Santo Domingo, muy cercanos a esta obra.

La reciente festividad de la santa es una buena excusa para recordar la imagen y la iglesia donde se conserva, la de Santa María de Gracia. Un edificio tan interesante como poco estimado. Santa Mónica es un triste ejemplo de ello pero igualmente lo son sus originales pinturas murales que simulan retablos, que en los últimos años muestran una preocupante degradación sobre la que es preciso actuar ya.

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Foto: “El arte de las Iglesias”

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El Beaterio de las Nazarenas

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En la esquina de la calle Gaitán con la plaza del Mamelón, hallamos otra de esas muchas construcciones jerezanas donde se da la maldición de la suma de un sugestivo pasado y un presente de abandono. Hace sólo un par de años fue un restaurante pero, tras el cierre del negocio, su estado de conservación ha motivado que parte del exterior haya sido vallado. No es un edificio de enormes dimensiones pero sí de cierta potencia visual, pese a las alteraciones que ha sufrido a lo largo de su historia y que han ido enmascarándolo. De hecho, puede que nos sorprenda saber que su función original fue la de iglesia, ya que, ciertamente, muy poco de ello queda patente tras una observación rápida. Si eludimos toda la extraña y muy reformada zona superior, vemos una planta baja levantada en cantería. En la sencillez de la fachada apenas nos llaman la atención las curiosas piedras de molino que fueron incrustadas en el muro para darle consistencia y protegerlo del desgaste del paso continuo de las carretas y coches de caballos. Unas piedras que nos hablan de la corriente existencia de molinos de trigo y aceite en la ciudad en siglos anteriores. El interior aún conserva restos de una sola nave de severa arquitectura y coro elevado a los pies.

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Fue la iglesia del conocido como Beaterio de las Nazarenas, que fue fundado en 1642 por una viuda llamada Ana Díaz y que tuvo como objetivo recoger a prostitutas arrepentidas. Aunque hubo un proyecto de convertirlo en sede de una comunidad de monjas carmelitas en el siglo XVIII, nunca alcanzó el rango de convento y no pasó de ser un pobre recogimiento regentado por un grupo de beatas, ajeno a una orden religiosa. Su vida como beaterio acabaría con las desamortizaciones decimonónicas. Con todo, sus viejas paredes han resistido a sus sucesivos usos, y siguen esperando un mejor destino.

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El otro Santiago

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San José , atribuido a Jacome Vacaro

La visión del interior de la iglesia de Santiago deja una sensación contradictoria. A su feliz recuperación se enfrentan diferentes sentimientos. El más quisquilloso conocedor de su historia no puede ser ajeno a esa irremediable impresión de belleza falsificada, creada artificialmente a base de mutilaciones y de reconstrucciones ideales. Para otros entendidos, no menos exigentes, ante su desangelado aspecto vacío, las emociones pueden transitar de la indiferencia a la indignación. Los que creemos que un templo histórico es algo más que un techo y un altar nos cuesta entender esta apertura adelantada e incompleta y ansiamos ver ese “otro Santiago”. Pero no ya el irrecuperable Santiago barroco que perdimos hace un siglo, sino simplemente aquél que conocimos antes del cierre: el de sus esculturas y pinturas. Una colección artística escasa, menguada, tal vez no extraordinaria pero sí digna de no ser relegada. Al margen de las muy retocadas tallas de origen dieciochesco del Cristo de las Almas y la Virgen de la Paz o el alabastro gótico inglés con el relieve del Calvario, únicas piezas presentes en la actualidad, se echan de menos el San José de Jacome Vacaro, el también barroco San Cristóbal, la interesante pareja de lienzos de la misma época sobre la vida de David, la tabla de “La Ascensión” de finales del quinientos… todas ellas necesitadas, desde luego, de una cuidadosa restauración y, por tanto, de una labor que hay que reconocer lenta y costosa. Sin embargo, más inquietante es la ausencia de los ya citados aquí evangelistas de la capilla del sagrario y, sobre todo, de las pinturas del retablo del siglo XVII que cobijaba a la imagen del Prendimiento, algunas de las cuales fueron robadas hace varios años y, por desgracia, no han vuelto a ser recuperadas.

Quizás sólo nos quede esperar pero nunca debemos olvidar ni ignorar.

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“Llegada de David a Jerusalén”, obra anónima barroca.

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Santiago

Hace tres años, justo en las vísperas de la festividad del Apóstol, comenzaba este lastimero recorrido por nuestra Ciudad Olvidada con la parroquia de Santiago como primera y funesta parada. En estos días de 2016 el escepticismo ha sido sustituido por la euforia. Un cambio de ánimo lógico ante la vista de un templo que parece por fin haberse salvado de su pertinaz ruina. No obstante, la razonable alegría del momento nos lleva a no recordar lo peor de estos once años de cierre: el vergonzoso abandono en que quedó el edificio a causa del limbo legal a que dio lugar la paralización de las obras de restauración. Tal vez sea absurdo ahora buscar culpables (todas las partes lo fueron en alguna medida) pero tampoco conviene ignorar el mal hecho, si queremos aprender de los errores pasados. Por eso, al entrar hoy en la iglesia recuperada debemos tener en cuenta que ya hubo mucho antes otras “jornadas de puertas abiertas”, aunque no de solerías relucientes ni de fotografías para el recuerdo, sino de vallas levantadas y de “souvenirs” sacados a hurtadillas… Fue entonces cuando se robaron las esculturas de bronce del baldaquino del altar mayor, que luego se recuperaron, si bien no en su totalidad. También en aquellas “visitas” salieron con rumbo desconocido distintos pedazos del único retablo que conserva la iglesia, incluyendo columnas de varios metros. Fue, asimismo, cuando se dejó que se cayeran los interesantes relieves de madera policromada de los cuatro evangelistas de la cubierta interior de la capilla del sagrario, ocasionando daños que seguramente son irreparables.

He aquí la gran maldición de Santiago: la de perder paulatinamente su patrimonio en cada una de sus sucesivas ruinas. La de convertirse en una arquitectura más y más desnuda, como ni siquiera soñaron aquéllos que, a finales del siglo XIX, quisieron reinventar su gótico.

http://www.diariodejerez.es/article/opinion/2331646/santiago.html

La casa del Fauno

A veces, un detalle casi imperceptible en un edificio en apariencia irrelevante puede llamarnos inesperadamente la atención y nos lleva a hacernos preguntas. La sorpresa puede saltar en cualquier esquina, ignorada o conocida. Por ejemplo, en la entrada de la calle Guarnidos por San Agustín. Allí nos topamos con una casa moderna que conserva algunos restos de una anterior. Otra muestra más del particular concepto de “rehabilitación” que ha sido habitual en nuestro casco histórico. Aquí la construcción original debió de ser del siglo XVIII. Así lo indica su portada de piedra, con su moldura serpenteante rodeando el vano de la puerta y sus pilastras cajeadas a cada lado. La decoración es escueta y ha llegado a nosotros un tanto erosionada. Apenas unas guirnaldas en el friso y, lo más sugestivo, una cabeza en relieve, situada sobre el dintel. Pese a su deterioro, es posible ver con cierta claridad un rostro masculino dotado de los retorcidos cuernos del macho cabrío. Es el sátiro o fauno, ser fantástico procedente de la mitología clásica. Mitad hombre, mitad cabra, normalmente se asocia a la lujuria. Aparece en contadas ocasiones en la arquitectura jerezana, destacando sobre todo, por número y por calidad escultórica, los que figuran en la fachada renacentista del Cabildo Viejo. Más extraño es que los hallemos en un contexto barroco pero ya vimos hace poco un caso similar con la misteriosa sirena del Museo Arqueológico, otro ser híbrido, mitológico y con idéntico significado libidinoso. Como allí, desconocemos quién fue el dueño de la casa y con él se nos escapan asimismo sus motivaciones, moralizantes, o no, pues quizás tampoco pueda descartarse aquella supersticiosa idea de ahuyentar los malos espíritus a través de lo monstruoso. Sea lo uno o lo otro, su ahora deshecha mirada permanecerá igual de indolente y oscura.

http://www.diariodejerez.es/article/opinion/2322467/la/casa/fauno.html

Villapanés, otra vez

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Escalera principal de Villapanés (autor foto: Pepe Salas).

Hay edificios históricos que desaparecen fugazmente en días, e incluso en horas, y otros que lo hacen durante años, y hasta décadas, a lo largo de un proceso lento y silencioso, aunque no menos inexorable. Lo súbito produce mayor impacto que el mal crónico y, sin embargo, el resultado será el mismo, si no logramos atajar sus oscuras consecuencias. Da igual que aniquilemos una bodega decimonónica en un abrir y cerrar de ojos o dejemos pudrir el interior de un palacio dieciochesco poco a poco. El resultado será el mismo. Una destrucción que, por lo general, no es violenta pues con frecuencia puede ser fruto de la insensibilidad más paciente y calmada. Esto último me recuerda el caso tantas veces citado aquí del Palacio de Villapanés, ahora de nuevo de actualidad tras anunciarse la pasada semana la intención municipal de convertirlo en sede de la “Fundación Universitaria para las Artes Escénicas y el Flamenco de Jerez”. Si finalmente se lleva a cabo este proyecto, el último dentro de la larga y variopinta lista de usos que han sido ideados en tiempos recientes para Villapanés, estaremos de enhorabuena. Asimismo, aguardamos a que por fin se aborde la restauración de la zona trasera del palacio, cuyas obras de consolidación fueron presupuestadas ya en 2013. Hasta entonces no tendremos la tranquilidad de saber que el magnífico conjunto de pinturas murales y yeserías que atesora esta casa señorial se han salvado. Porque la arquitectura histórica no es sólo una fachada monumental, un bonito continente para anodinos y novísimos interiores, cuya esencia original es arrasada sin piedad. Eso fue lo que ocurrió en la parte rehabilitada que da a la Cruz Vieja y ese es un error que no debería volver a cometerse. Pero mientras tanto nada de esto ocurra, toca sólo soñar y esperar que las promesas se hagan realidad.

http://www.diariodejerez.es/article/opinion/2312209/villapanes/otra/vez.html

La bodega de la Calle Paúl

En ocasiones sólo podemos limitarnos a la expresión de la inútil cuita, de un mero lamento ante la impotencia de lo irremediable. Porque nada puede hacerse ante el cumplimiento de la pena capital, que en el caso del patrimonio histórico-artístico trae consigo la destrucción de un bien cultural. Eso es lo que viene precisamente ocurriendo en la calle Paúl desde hace unas semanas con el derribo de una bodega levantada en el siglo XIX para la construcción en su lugar de un bloque de viviendas. Otra más que perdemos. La sentencia del último PGOU fue implacable. Y lo más grave es que una vez más vuelve a ignorarse que el valor de este tipo de edificios no es sólo intrínseco, sino también urbanístico, como parte de un todo que es ideado de manera coherente y global.

La calle Paúl fue un ejemplo claro de ese urbanismo bodeguero decimonónico que tanta personalidad dio a la ciudad. Situada en la zona norte, una de las de mayor expansión del Jerez de aquella época, tuvo desde el primer momento una función fundamentalmente bodeguera, como ocurría en todo su entorno. En concreto, la historia de esta calle se inicia en 1840, cuando aquél que le da su nombre, José de Paúl, cede al municipio los terrenos sobre los que se creó. La acera en el que se emplaza nuestra bodega se configuró, sin embargo, varias décadas después, entre 1862 y 1863. Según el investigador José Manuel Aladro Prieto, fue un personaje llamado Juan López Cordero el promotor del conjunto formado por la bodega que nos ocupa y por un granero, transformado posteriormente en sede del Consejo Regulador. Un proyecto que se debe a José Esteve, el cual intervine también por el mismo tiempo en las bodegas anexas que ahora conocemos como “Sala Paúl”. Una autoría común que se refleja en una armonía arquitectónica que, por desgracia, quedará rota ya para siempre.

http://www.diariodejerez.es/article/opinion/2301539/la/bodega/la/calle/paul.html