Plaza de San Lucas nº 3

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Autor foto: Jesús Suárez Arévalo

Retumban los motores de las máquinas sobre el vacío agreste de la Plaza Belén. Un sombrío escepticismo se respira en el ambiente. La mirada hacia las cacareadas obras es fugaz, desdeñosa, con desconfianza justificada por años y años de cuentos y desvaríos. Tras cruzar la estrechez de Montegil llegamos a nuestro destino, la que dicen que fue morada de los Dávila. La fachada es demasiado sencilla como para llamar la atención. Nosotros, en cambio, vemos un trazado quebrado que hace adivinar la disposición irregular del interior. El portón de entrada, abierto en el lateral, nos lleva a un recorrido zigzagueante, propio de un origen medieval. Se suceden dos patios con arquerías sobre recios pilares. Esta actual sobriedad contrastaría con el colorido de las pinturas mudéjares que cubrían los muros, de las que queda un resto en el Museo Arqueológico, descubierto en la restauración a la que fue sometida la casa a partir de su compra por Fernando de la Quintana en 1998. Una persona que con determinación y cuidado fuera de lo común pudo recobrar en parte la distinguida mansión de nobles que fue, tras derribar las modernas tapias que la convirtieron en modesta casa de vecinos. El colofón fue el descubrimiento y recuperación de la estupenda armadura de madera de tradición también mudéjar de la planta superior, de la que muy escasos ejemplares han perdurado en Jerez.

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Autor foto: Jesús Suárez Arévalo

Han faltado y faltan en nuestro centro histórico iniciativas y sensibilidades como las de Fernando de la Quintana. Un hombre que apostó por el camino más difícil: por comprar una ruina repudiada, respetar su esencia arquitectónica y decidir vivir de manera valiente en un territorio hostil.  Y su vida terminó sin poder cumplir sus anhelos de ver el renacer de su barrio. Apenas unos días después de que esas máquinas hicieran vislumbrar un mínimo, tenue, rayo de luz.

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De cárcel a casa señorial

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En 1678 se instala la cárcel en la Plaza de Escribanos. Se situó enfrente de la parroquia de San Dionisio y, no casualmente, al lado de la sede del poder municipal, en una zona, por tanto, de alto valor representativo. Pero, a diferencia de la calidad constructiva de la iglesia del patrón y del Cabildo, la Cárcel Real se caracterizó por sus deficiencias estructurales y su falta de salubridad. Esta situación deplorable acabó en cierre por ruina en 1837. Por los mismos años se llevaba a cabo la Desamortización de Mendizabal. Ello permitió trasladar el presidio al antiguo convento de mercedarios descalzos, en la Plaza Belén. El viejo edificio carcelario es comprado en 1839 por Manuel Pérez y Gómez, quien levantará una monumental vivienda que vino por fin a dignificar uno de los frentes de la actual Plaza de la Asunción. El proyecto fue firmado por Balbino Marrón. Y aunque interviene también en la casa nº 2, es en la 3, de mayores dimensiones, donde logra crear una de las fachadas más cuidadas e interesantes del estilo neoclásico en Jerez. La base almohadillada y las grandes pilastras que engloban las dos plantas superiores siguen la tónica habitual del neoclasicismo de inspiración palladiana, añadiendo algunos detalles decorativos que animan la severa composición, como las originales ménsulas con cabezas de leones y cariátides del gran balcón central o los penachos de los laterales. Marrón, arquitecto del Ayuntamiento por esos años, trabajó en diversas obras, como algunas bodegas dentro del complejo de González Byass. En 1846 se traslada a Sevilla, donde desarrolló una importante actividad arquitectónica y urbanística. En esta casa, más tarde propiedad de la Condesa de Casares, dejaría lo mejor de su producción jerezana. Una casa hoy deshabitada que, como tantas otras, ha pasado de la opulencia a la incertidumbre.

 

http://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/carcel-casa-senorial_0_1167783583.html

Jerez en Rota

A la memoria de mi abuela Juana y de todos mis antepasados roteños

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El lozano sol de la primavera entra por la ventana del taller del dorador. El resplandor del oro joven en el enmarañado estofado crea un efecto embriagante, casi onírico, sobre la superficie de las dos imágenes. De nuevo, el escultor ante su obra. Entre la presunción de lo propio y la veneración de lo que ya es ajeno, comprueba esa vivificación siempre inexplicable, donde lo humano y lo sagrado se descubren en prefecta simbiosis. Las miradas cómplices entre los dos artistas hablan por sí solas de la complacencia por un trabajo lleno de esmero. La visita de Francisco Camacho al obrador de Bernardo Valdés es el último paso, el visto bueno antes de la despedida. El final de un proceso iniciado el año anterior al recibir el encargo de la hermandad de San José de Rota. Poco después sale de Jerez rumbo a El Portal, navegando por el río hasta El Puerto. Una carreta llegará a la villa vecina el 15 de abril de 1736. La expectación debió de ser grande. La cofradía había reunido una gran cantidad de limosnas e incluso se había celebrado una comedia en el Castillo de Luna para poder sufragar los gastos. La belleza de las tallas del santo y del Niño haría olvidar pronto todos los esfuerzos. El padre putativo coge de la mano a Jesús. La figura es aparatosa pero su gesto, apagado, resulta premonitorio. El pequeño, de mirada apasionada, arremanga con delicadeza rococó su túnica, que cae graciosamente del hombro derecho. Un trozo de lo mejor del arte jerezano del barroco se conserva desde entonces en la Parroquia de la O roteña. Y no fue un caso excepcional. Otros escultores vinculados a nuestra ciudad, como Diego Roldán, dejaron entonces un importante conjunto de piezas en la localidad.

 

 

El verano puede ser un momento propicio para disfrutar de ese patrimonio y pasado compartidos. Para descubrir ese Jerez recóndito en las entrañas de Rota.

 

http://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Jerez-Rota_0_1163584003.html

José de la Coba

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Seis faunos fueron condenados a ser eternos atlantes del larguísimo balcón. El hierro fundido adquiere formas escultóricas en estas llamativas ménsulas y elegante plasticidad en rejas, barandillas y cierros. La más cuidada y monumental fachada de la calle Medina, situada en sus números 14,16 y 18, fue levantada en 1868. Ese mismo año es derrocada Isabel II. Tiempos convulsos los del siglo XIX que, no obstante, fue una etapa próspera para Jerez. Precisamente al final del periodo isabelino el austero neoclasicismo da paso al más vistoso eclecticismo, que reflejará mejor la opulencia de esa flamante burguesía enriquecida con el negocio del vino. El autor de esta casa, José de la Coba, supo dar respuesta a las nuevas necesidades y lo hizo con gran personalidad, recuperando la línea curva y la importancia de la decoración pero, sobre todo, jugando con los distintos materiales y las texturas en paramentos animados por líneas y recuadros rehundidos en busca de un suave claroscuro.

La figura de este arquitecto ha sido estudiada por Fernando Aroca Vicenti y, de manera más reciente, por Jesús Caballero Ragel. Por ellos sabemos que era sevillano y que llegó a la ciudad en 1863 para convertirse en arquitecto municipal. Bajo tal cargo se le encomienda la construcción de la parroquia de San José del Valle, cuya temprana ruina le costará el cese en 1867. Pese a ello, continuó trabajando con éxito para la alta sociedad local durante las siguientes décadas, como manifiestan también otros edificios como el de la Plaza del Yerba s/n o Porvera nº 1, encargos de personajes tan notables como Manuel María González o Julián Pemartín. Otros ejemplos de su trayectoria, como las bodegas de Díez Hermanos o la reforma de los laterales del Palacio Riquelme, nos llevan de golpe a la cruda realidad de nuestros días. La Historia, siempre tan insolente.

http://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Jose-Coba_0_1159384490.html

Un paso más

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La calle Campanillas recorre el lateral del Palacio de Camporreal. Estrecha y sinuosa, se constituye en un ejemplo característico del orgánico urbanismo medieval. En la actualidad es uno más de los muchos puntos degradados del casco histórico. Además, se da en ella la circunstancia particular de estar perdiendo en los últimos meses una singular solería de piedra de Tarifa que le otorga gran personalidad. El impune robo de sus baldosas, como el descarado desmantelamiento de un edificio de propiedad pública como Díez Mérito, es sin duda resultado del desinterés de las administraciones, y también de compradores sin escrúpulos.

Este jueves una nueva “Ruta de la Barbarie” recorrerá esta calle y otras del entorno de San Mateo. Estos paseos guiados, surgidos en 2010 en el seno del blog “Jerez, Patrimonio Destruido”, siguen teniendo, por desgracia, validez. Con todo, pese a la necesidad de seguir alzando la voz y de concienciar a la ciudad, este tipo de actuaciones se están demostrando ya como insuficientes. Es necesario dar un paso más. Y eso es lo que se propone un grupo de historiadores jerezanos que están planteando la creación de una asociación de defensa del patrimonio. Una asociación, independiente y apolítica, establecida legalmente, que actúe de manera permanente, frente a acciones esporádicas y de mera queja; que aúne esfuerzos, para dar respuestas con base, coherentes y contundentes; y que integre a todos aquellos, profesionales o no, interesados en cambiar la situación actual, sin que esto suponga ir en contra de iniciativas de otras entidades o particulares, asimismo necesarias y loables pero, como digo, insuficientes. Con el inicio del nuevo curso se tiene previsto que esta asociación sea ya una realidad, por lo que sería deseable que fuera ya recabando apoyos. Es hora de pasar del lamento a la acción. De dar un paso más.

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Aljibe y claustro

Hasta su traída desde el manantial de Tempul en 1869 el agua llegaba a las casas jerezanas gracias a fuentes, pozos y aljibes. Estos elementos singulares, ligados a la arquitectura y el urbanismo de la ciudad, han permanecido desapercibidos u ocultos, en el mejor de los casos, cuando no han sido ya eliminados definitivamente. La pérdida de uso o su funcional simplicidad explican su escasa valoración, incluso para aquéllos de incuestionable interés. Pensemos, por ejemplo, en la manierista fuente de la Alcubilla y su moderna historia de incuria para comprender otros ejemplos, podría decirse, “invisibles”, por no estar a la vista de todos en nuestro paisaje cotidiano. En este sentido, hay que juzgar positivamente la recuperación de algunos aljibes históricos en los últimos años, como el del Alcázar, hecho en el siglo XV, o el del antiguo convento de San Agustín, obra del XVII, que se ha podido disfrutar últimamente dentro de las visitas guiadas por el patrimonio local que viene organizando el Ayuntamiento. Ambas son construcciones de un cierto tamaño, capaces de abastecer a los numerosos habitantes de ambos conjuntos arquitectónicos. El de San Agustín, localizado justo debajo del que fuera claustro principal, recogía las aguas de lluvia en una sencilla estructura doble, abovedada y realizada en ladrillo. Aunque perdida en parte, una inscripción, pintada en su propia cubierta y hallada en la reciente rehabilitación del edificio, sitúa su cronología en la década de 1690. Quizás la restauración de este aljibe sea el aspecto más feliz de una intervención que, sí, ha acabado con una larga ruina, pero resulta un tanto excesiva por la deliberada huella contemporánea y por la desvirtuación del sentido original de un espacio que, con sus distorsionantes cristaleras y uniformes solerías marmóreas, es ahora frío y deslavazado.

 

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Otro aniversario en San Miguel

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A propósito de la festividad del Corpus Christi, conviene recordar hoy otro aniversario que se cumple este año en la iglesia de San Miguel. El mes pasado hablaba de los 400 años del comienzo, en 1617, de su retablo mayor. Curiosamente, un siglo más tarde se inicia ese otro gran conjunto barroco que hace inexcusable la visita a este monumento: la capilla del Sagrario. Tercer centenario de una obra que, como ocurrió con dicho retablo, fue lenta, costosa y ambiciosa. De este modo, si en 1717 se abren los cimientos, no será hasta 1770 cuando la nueva construcción se inaugure finalmente. Como es lógico, no fueron cinco décadas de trabajo continuo y tampoco puede hablarse de la intervención de un solo arquitecto. Y, sin embargo, el resultado fue un todo armónico, coherente, aún teniendo en cuenta los matices de un Arte que no se estancó con el transcurrir del tiempo. En este sentido, es justo acordarse ahora de aquél al que se considera el autor del proyecto. Nos referimos a Ignacio Díaz de los Reyes.

Este sevillano afincado en Jerez, desarrolló su profesión a la sombra de su hermano, Diego Antonio Díaz, un nombre destacado de la arquitectura hispalense del momento. De hecho, su llegada a la ciudad vino motivada por la necesidad de sustituirlo en la dirección de las obras de la Colegial. Con el respaldo de su hermano y del cardenal de Sevilla, Ignacio recibe un buen sueldo y unas condiciones laborales envidiables. Sin duda, alcanzó un gran prestigio, como demuestra este importante encargo para San Miguel, donde pudo trabajar con mayor libertad creativa que en la ya comenzada iglesia mayor jerezana. Desgraciadamente, sus últimos años de vida fueron infelices. Murió en la miseria, tras la interrupción de los trabajos en la Colegial. Un templo que, al igual que su Sagrario de San Miguel, no lograría ver concluido.

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