La obra firmada

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La firma sobre una obra de arte supone, casi siempre, una sólida base sobre la que levantar el catálogo de la producción de un autor. Su valor supera incluso al de los propios documentos, escasos y, con no poca frecuencia, susceptibles de interpretaciones. Pero, más allá de la catalogación, una obra firmada viene a ser un reconocimiento que hace el artista de sus propias dotes, un orgulloso mensaje dirigido a la sociedad presente y futura. Como es lógico, estas inquietudes nacen en contextos muy concretos. En Jerez, la rica actividad constructiva del siglo XVI dio lugar a que algunos de los grandes arquitectos locales tuvieran el atrevimiento de grabar, con indisimulada ostentación, sus nombres en los edificios que dirigieron. En el campo de la pintura, frente a lo que pudiera esperarse, firmar no se generalizó hasta que en el XIX este arte alcanza un mayor desarrollo en la ciudad. Punto y aparte es la escultura. Su condición, por lo general, religiosa y devocional, obliga a que esa voluntad de perdurar del imaginero se exprese con una peculiar mezcla de vanidad y misticismo. Entonces la firma se oculta, se convierte en un mensaje secreto, una verdad revelada sólo a unos pocos.

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En fechas recientes he tenido la suerte de dar a conocer algunas de estas piezas. La última de ellas es un Niño Jesús conservado en el convento de Santo Domingo. Sobre el pecho, junto al Sagrado Corazón del Divino Infante, escribió el sevillano Gabriel de Astorga su nombre y la fecha de su realización, 1861. Un detalle oculto por una túnica bordada que sólo ha podido conocerse tras ser bajada la imagen del retablo donde había permanecido durante años.

Estos hallazgos casuales permiten suponer que aún nos esperan en rincones no transitados de nuestras iglesias más sorpresas por descubrir, más pequeñas piezas perdidas del puzle de la Historia del Arte.

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El adoquinado: sí o sí

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La pretendida desaparición del adoquín de ciertas calles de la ciudad vuelve a estar de actualidad.

En Febrero comenzaron las concentraciones semanales organizadas por la Asociación Vecinal del Centro Histórico a favor del tradicional pavimento. Ecologistas en Acción y la Asociación en Defensa del Patrimonio, constituida a comienzos de este año, también se expresaron en el mismo sentido. Desgraciadamente, la actual crisis sanitaria ha cortado de raíz manifestaciones y ha imposibilitado el normal desarrollo de estas entidades. En este nefasto contexto parece que sólo los políticos han podido mover ficha en este asunto. Así, por parte del gobierno municipal se han adelantado, en pleno estado de alarma, las obras previas de renovación de las redes de abastecimiento y saneamiento con el argumento de reactivar lo antes posible la actividad económica. En cuanto a la oposición, que ha actuado con cierta ambigüedad hasta hace poco, parece que, independientemente de las intenciones de fondo, ha empezado a actuar; eso sí, de una manera muy tardía. El PP, que a inicios de Marzo planteó la celebración de una consulta popular, de la que nada más se supo, para que los jerezanos decidieran la conservación o no del adoquinado, ahora, a través de la Junta de Andalucía, advierte de multas millonarias al Ayuntamiento si acomete el proyecto de asfaltado sin su permiso. Aún más importante es el hecho de que en su escrito la Delegación Territorial de Cultura confirme el valor patrimonial del adoquinado y sus competencias directas sobre este bien “inmueble”.

Sorprende que después tantos meses de debate esta respuesta tan contundente llegue tan tarde. Pero, sea como sea, supone un respaldo, esperemos que definitivo, para todos los que se han opuesto a este proyecto. Parar este despropósito no es ya una posibilidad, sino una obligación.

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La biblioteca de un peculiar retablista

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El retablo mayor de la parroquia de San Francisco de El Puerto de Santa María, obra maestra del taller de Matías José Navarro (años 30 del siglo XVIII)

En las vísperas del día del libro, que este año celebraremos de puertas para adentro, hoy voy a acercarme a la biblioteca particular de un ilustre personaje del siglo XVIII jerezano. Me refiero a Matías José Navarro. Este singular artista, nacido en 1693 en Sanlúcar de Barrameda y formado con su padre en Lebrija, mantendrá contactos laborales con diferentes maestros hispalenses. Con ellos asimilaría el lenguaje del estípite, protagonista del retablo sevillano de la primera mitad del siglo XVIII. Unos contactos que parece que influirían en sus inquietudes bibliófilas, de las que hay constancia desde la etapa de esplendor que vive su taller en El Puerto de Santa María. Cuando se instala en Jerez definitivamente en 1748 trae consigo una gran colección de libros, formada por 339 volúmenes.

Si las bibliotecas privadas en aquel tiempo eran muy excepcionales, más aún escaseaban entre los bienes de un retablista. De hecho, esta de Navarro sabemos que se situaba entre las más nutridas que pertenecieron a artistas españoles en la Edad Moderna. Pero hay algo todavía más llamativo: el suyo no era un práctico conjunto de libros técnicos o artísticos, sino otro heterogéneo y de mayor carga intelectual, donde aquéllos tienen una presencia testimonial. Predominaban los de temática religiosa e histórica. A mayor distancia estaban otras materias, a la cabeza de las cuales hallamos la literatura. Así, por sus estantes unos pocos tratados de arquitectura compartían espacio con el “Flos Sanctorum” de Pedro de Rivadeneira, El Quijote, las “Antigüedades de Sevilla” de Caro, “Galateo Español” de Gracián o el “Compendio aritmético” de José Ventura, por poner algunos ejemplos.

La biblioteca de Navarro fue reflejo de una peculiar personalidad, altiva, amante de diversiones, alejada de la labor más artesanal de sus compañeros.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/biblioteca-peculiar-retablista_0_1457554338.html

 

Para saber más sobre esta biblioteca: https://www.dropbox.com/s/x95tauvxc6ecp5q/biblioteca%20Mat%C3%ADas%20Navarro.pdf?dl=0

La Pasión olvidada (y XVI)

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Si hubo una cofradía singular en su puesta en escena por encima de todas en la vieja Semana Santa jerezana, esa fue la del Dulce Nombre de Jesús. Fundiendo una tradición mística de procedencia medieval con la teatralidad típica del Barroco creó en el siglo XVIII una procesión con tres impactantes pasos. El historiador Bartolomé Gutiérrez nos la describe así en 1755: “De Santo Domingo sale la de Jesús Niño con la Cruz al hombro, y San Vicente Ferrer de Penitencia, la Imagen de María Santísima de la Confortación, y un hermoso Ángel de estatura natural, acompañándola y confortándola”. De todo ello, sólo sigue procesionando el grupo de la Virgen de la Confortación y San Gabriel. Hace poco, el historiador jiennense José Joaquín Quesada ha localizado el origen de este inaudito tema iconográfico en la obra literaria de una religiosa del siglo XVII, María de Jesús de Ágreda. Otra mística, aunque del XIV, fue fuente de inspiración a través de sus revelaciones de un tema igual de peculiar pero mucho menos raro, el del Niño Pasionario, ese Jesús que desde la infancia pre-siente sus futuros padecimientos. Fomentado por la Contrarreforma, este paso con un Cristo infantil cargando con la Cruz se hizo muy popular en muchas ciudades y pueblos, aunque decayó bastante en época contemporánea, siendo pocas las localidades donde sigue saliendo, como ocurre en Arcos o Marchena. En Jerez también se relegó tristemente al olvido cuando la hermandad de la Oración en el Huerto devolvió al culto las imágenes de la extinta del Dulce Nombre en los pasados años cuarenta.

La talla del Niño Jesús, realizada en 1780, recuerda a la estética genovesa de Jacome Vacaro en los ampulosos bucles del cabello. Aunque sea una paradoja hablar de él en medio de esta alucinación de calles vacías, es otro bello testimonio de ese pasado condenado al encierro.

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https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Pasion-olvidada-XVI_0_1453354765.html

La Pasión olvidada (XV)

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Dos imágenes ha tenido la hermandad de la Piedad con el título de “Cristo del Calvario”: la original, de mediados del siglo XVI, y otra inspirada en la anterior, de 1692. La compleja historia de ambas está ligada a la escenificación del Descendimiento que esta cofradía celebraba cada mañana del Viernes Santo. Por eso las dos fueron concebidas con brazos articulados para ser clavadas y desenclavadas de la Cruz y adquirir postura yacente. Desde el propio XVI hay testimonios de esta teatral ceremonia, que siguió representándose hasta 1939. Un periodo que vivió un punto de inflexión que marcaría toda la existencia posterior de los dos Cristos. En 1691 el Arzobispo de Sevilla prohíbe que la primitiva imagen, que por esa época se veneraba ya dentro de una urna, se colocase en la Cruz para dicha ceremonia anual. Fue entonces cuando los cofrades se ven obligados a hacer una nueva talla de crucificado para cumplir esta función. Paralelamente, y desde ese momento, la antigua quedaría reservada para la procesión del Santo Entierro que organizaba la misma hermandad en la tarde de la misma jornada. La escultura de 1692 se realizó con una clara intención de copiar la renacentista previa. De ahí sus arcaicos rasgos faciales o la sencillez de su sudario, ajenos a una cronología barroca que apenas se atisba de manera sutil en el cabello, de toques roldanescos. De su autor nada nos informan las cuentas de la hermandad, lamentablemente.

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Pero aún peor es que el tradicional Descendimiento, que perdura en localidades cercanas como Trebujena y Puerto Serrano, se perdiera para siempre por la fuerte sevillanización de la Semana Santa jerezana. Después, un breve capítulo de presencia en los Miércoles Santos de 1940 a 1951 y 68 años de ausencia en las calles.

 

Sólo su reciente restauración nos permite soñar con otro final para esta historia.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Pasion-olvidada-XV_0_1449155123.html

La Pasión olvidada (XIV)

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La estética cofradiera ha pervivido en incesante metamorfosis. Dentro de ella, la imaginería no ha sido una excepción. Por el contrario, las viejas esculturas procesionales han sido, a lo largo del tiempo, retocadas, mutiladas y hasta sustituidas en función de los cambios de gusto. De entre todos los ejemplos que se pueden poner quizás el más llamativo sea el de la Virgen de las Angustias. La reciente protagonista del vía crucis de las hermandades es el producto de sucesivas transformaciones. Nada queda en ella de esa efigie colocada hacia 1558 por Fernando de Morales en aquel humilladero. Tampoco vemos ya esa otra barroca, resultado de la moda de vestir las imágenes. En 1925 Alfonso Gabino cambió la cabeza mariana. Y en 1942 Ramón Chaveli talló un nuevo cuerpo y sustituyó la figura de Cristo por otra de mayores dimensiones (y de inferiores valores histórico-artísticos). Rompía además así con toda la tradición iconográfica precedente, pues la actual Piedad de inspiración miguelangelesca dista mucho de la que reproducen grabados del XVIII o XIX o aparece en el curioso cuadro de Ánimas de la propia capilla de las Angustias. Allí Cristo no reposa sobre el regazo de su Madre, sino que se dispone en el suelo descansando su espalda y su brazo izquierdo sobre las rodillas de María.

De este conjunto persiste la talla de Jesús, restaurada, aunque oculta en dependencias de la cofradía. De ella destaca de manera especial su cabeza, que cae dramáticamente hacia un lado y muestra un rostro de profundo patetismo. El cabello, de técnica abocetada y dibujo sinuoso, delata una cronología a caballo entre el seiscientos y el setecientos. Desde luego, ya existiría en 1722, cuando Diego Manuel Felices copia su  composición en las Angustias de San Dionisio, lo que prueba la antigua popularidad de esta obra, hoy tristemente relegada.

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https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Pasion-olvidada-XIV_0_1444955544.html

La Pasión olvidada (XIII)

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Fotografía cedida por Paz Barbero

Pasta de caña de maíz dio forma a este Cristo, conservado, como una rara reliquia, en un retablo rococó, blanco y dorado, de la iglesia de Santo Domingo. De una anatomía algo esquemática, sólo la pronunciada caída lateral de la cabeza rompe la rigidez con que fue modelado, por manos indígenas, en el México del siglo XVI. Su peso liviano hizo ideal este tipo de crucificados para las incipientes procesiones penitenciales del quinientos. Estudiado por Manuel Romero y restaurado por Paz Barbero recientemente, constituye un valioso testigo de toda una época, muy distante, en tantos sentidos, de la actual.

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Fotografía cedida por Paz Barbero

En la víspera de la entrada de la cuaresma retomamos, un año más, el repaso por la imaginería pasionista no procesional. En este ocasión, llamaremos la atención sobre determinadas esculturas que en otro tiempo tuvieron una notable presencia en nuestras calles hasta que la posterior evolución de la Semana Santa las terminó recluyendo en el interior de los templos.

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Estado previo

De las cuatro obras que conformarán esta variopinta colección, el crucificado mexicano de los dominicos es la única que no pertenece hoy a una hermandad. Incluso hay que reconocer su original uso procesional como una hipótesis. Eso sí, muy sugerente. En este sentido, Romero Bejarano propone que pudiera corresponderse con un documentado Cristo procedente “de Indias” que adquiere una extinta hermandad, la de San Benito, en 1588 y que pudo acabar en Santo Domingo tras la extinción de su cofradía varias décadas después. Una teoría nada desdeñable, como tampoco lo sería que hubiera sido propiedad de otra hermandad perdida y con sede en esta iglesia por entonces, la de los negros. Pero, al margen de disquisiciones, la persistencia renovada de este Cristo de la Salud sigue manteniendo la memoria, por fortuna, de una exótica manera de concebir la escultura religiosa.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Pasion-olvidada-XIII_0_1440755980.html