La Pasión olvidada (VIII)

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El alargamiento del cuerpo, la nerviosa angulosidad del sudario, la búsqueda del naturalismo, la regia expresión del dolor… Volvemos al patetismo del último gótico de las primeras décadas del siglo XVI. Y de nuevo la figura del escultor Pedro Millán emerge como casi obligado punto de referencia. El Cristo de las Aguas de la iglesia de San Dionisio es otra de esas tallas que se relacionan en Jerez con ese atrayente artista de la Sevilla de aquella época, o con su entorno más inmediato. El crucificado de la parroquia del Perpetuo Socorro, comentado aquí hace unas semanas, o el más conocido Cristo de la Viga de la Catedral son otros ejemplos de atribuciones a Millán. Un conjunto de tres sugestivas esculturas, con rasgos comunes aunque también con acusadas diferencias que hacen poner en tela de juicio no ya una misma autoría, algo que parece insostenible, sino incluso la pertenencia a un mismo círculo artístico. De hecho, en un reciente estudio sobre esta imagen, Isabel Almagro Franco ha expresado agudamente también sus dudas al respecto. Sin embargo, lo que sí se muestra ante nosotros de manera clarividente es la calidad de este Cristo Yacente, la excepcionalidad de su tamaño natural, de su concepción aislada, ajena a un grupo escultórico, pero también la ausencia de una función procesional, así como que nos haya llegado sin alteraciones de importancia, salvo los inevitables repintes y barnices. Con todo, esto último no ha camuflado su sutil policromía, que deja hasta entrever las vetas de la madera de castaño en la que se talló. Hoy desplazado de la capilla que presidió durante siglos, apenas queda sólo ya el recuerdo de su fama de milagroso, de favorecedor de las lluvias en tiempos de duras sequías. Las funcionalidades litúrgicas de los espacios sacros y las devociones cambian. El arte, pese a todo, permanece.

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La Pasión olvidada (VII)

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Enigmática e inquietante, la sonrisa del Crucificado es tan inquebrantable como sutil,  casi oculta entre regueros de sangre y lágrimas que, sin embargo, no logran desdibujarla. La cabeza tiene toda la ampulosidad y el movimiento del último Barroco. La unión de un rostro plácido y un cuerpo dramáticamente lacerado, la refinada talla del cabello o el retorcimiento de los pies hablan por sí solos de la innegable dependencia de la escuela genovesa del siglo XVIII y de sus característicos cristos. Una opinión hoy aceptada de forma mayoritaria por la historiografía, aun cuando modernamente se haya querido vincular con nada menos que San Juan Grande esta imagen, que viene venerándose en los últimos años junto al columbario de la capilla de San Juan de Letrán.

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En 1585 Juan Pecador encarga a Andrés de Ocampo un crucificado para su hospital jerezano de Nuestra Señora de la Candelaria. Este edificio, hoy desaparecido, se levantó al lado de San Juan de Letrán y fue desamortizado en 1835. A la talla de Ocampo se le pierde la pista pero hay quién defiende que terminó en la capilla anexa al hospital. La llegada del Nazareno a su actual sede en 1852 complica aún más esta alambicada historia pues sabemos que esta cofradía contó entre sus titulares con un “Santo Crucifijo” que seguramente se llevaron también consigo. ¿Estamos ante el ahora conocido como “Cristo de la Buena Muerte”? Tal vez, pero de lo que no cabe ninguna duda es de la imposibilidad de relacionar el estilo tardomanierista de Andrés de Ocampo con esta pieza. Una escultura excelente que pasa muy inadvertida, pese a la reciente y feliz restauración a la que ha sido sometida, ya que poco luce en su inapropiada ubicación, baja y sin la perspectiva suficiente para poder contemplarla como se merece; en un triste y oscuro rincón donde su misteriosa sonrisa se desvanece.

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La Pasión olvidada (VI)

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Dentro del impresionante, aunque frío, prisma de hormigón que forma el interior de la iglesia, parece acrecentarse la sensación de fragilidad de ese cuerpo de anatomía tan esbelta, que llega a los límites de lo macilento. La carne escuálida de este Cristo en la Cruz nos remite a la verticalidad de la escultura gótica pero en su modelado suave y de propensión naturalista hay un avance hacia las formas renacentistas, presentes también en los reposados pliegues del sudario. Estamos en las primeras décadas del siglo XVI y en el ambiente sevillano en torno al legado artístico dejado por el escultor Pedro Millán. La rigidez y hasta la tendencia geométrica aún palpable en nuestro Cristo de la Viga, aquí se atenúan…

Hace dos años proponía en esta misma columna y para estos mismos días previos a la Semana Santa un breve recorrido por algunas imágenes olvidadas de la Pasión de Cristo y de la Virgen Dolorosa existentes en los templos locales. Mi intención en esta ocasión es retomar el hilo con cuatro nuevas tallas dignas de un mínimo recuerdo. Y la primera de ellas es este valioso crucificado que se conserva en la moderna parroquia del Perpetuo Socorro, en la barriada de Las Torres. Su peculiar historia nos habla de lo voluble que con frecuencia ha sido nuestro patrimonio. Aunque desde los setenta se halla en Jerez, su origen está en el convento de San Francisco de Lebrija, donde fue conocido como Cristo de las Ánimas. Ya a mediados del pasado siglo su avanzado deterioro llevó a retirarlo del culto y hasta se pensó en destruirlo. La adquisición para el flamante edificio de los redentoristas jerezanos conllevó su restauración. Ahora puede volver a admirarse a sólo 30 kilómetros de donde se veneró durante siglos, una Lebrija que, sin embargo, extirpó parte de su pasado con esta heterodoxa venta, inaceptable moralmente hoy día.

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“Díez Hermanos”

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Las bodegas en un grabado realizado pocos años después de su construcción

En 1860 se inaugura una nueva estación de ferrocarril. Varios años más tarde se plantea la necesidad de crear un ensanche urbano entre esta construcción, anterior a la actual estación, y el convento de Madre de Dios. Nacía así el barrio de Vallesequillo, levantado a lo largo de las siguientes décadas del siglo XIX para un uso predominantemente bodeguero. La industria vinatera acababa de alcanzar una de sus más altas cotas de desarrollo y ello se tenía que plasmar de alguna manera en un cierto crecimiento de Jerez por esos años. Fue, de hecho, este uno de los fenómenos urbanísticos más interesantes del diecinueve local, tal vez poco estimado por ciudadanos e historiadores pese a formar parte también de la ciudad histórica.

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Estado actual de las bodegas

Precisamente, uno de los primeros conjuntos arquitectónicos, y también de los más importantes, de este barrio es el que se construye a iniciativa de José Severino Arranz. Está formado por varias bellas bodegas, que dan a la calle Madre de Dios y que poseen inscripciones en sus fachadas con las iniciales del dueño y los años de 1866, 1868 y 1874. Al otro lado de la parcela, estratégicamente orientada a esa moderna y prestigiosa entrada a la ciudad que es la estación, se dispone la vivienda del propietario, dotada de una monumental fachada neoclásica. El edificio, estudiado por José Manuel Aladro Prieto, llegaría a ser con posterioridad sede de la firma “Díez Hermanos” y, en época más reciente, ya bajo propiedad municipal, de una escuela universitaria. Desde 2007, en que fue cedido a la Junta para servir de centro de salud, se mantiene en un total estado de abandono, al que se suman los robos de rejas que está sufriendo en las últimas semanas, situación de la que nadie parece responsabilizarse.

Lo que fue un elegante recibimiento a un Jerez floreciente, hoy es otra patética metáfora de su ocaso actual.

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Aspecto del edificio residencial en 2011. Foto: “Jerez Plataforma”
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Aspecto actual. Foto:Diario de Jerez

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Monumentos

En 1883 se inaugura el monumento al alcalde Rafael Rivero en la plaza que ahora lleva su nombre. Este personaje clave del siglo XIX local fue promotor de la traída de aguas desde Tempul, de la llegada del ferrocarril o de la creación de la caja de ahorros. Un sobrio pedestal de piedra y un elegante busto de bronce forman el conjunto, sencillo y nada pretencioso. En 2017 Rivero resiste, aunque ahogado en una selva de palmeras (y terrazas). Lejos del centro, en la Avenida Reina Sofia, una rotonda espera recibir un monumento de cinco metros de alto y de discutible calidad artística. Estaría dedicado a una imagen mariana de advocación desconocida por la mayoría de los jerezanos. El concejal de cultura pone en duda su idoneidad. El AMPA del colegio que lo ha costeado amenaza con denunciar al Ayuntamiento por no cumplir las promesas del anterior equipo de gobierno. Por desgracia, el debate se centra por parte de algunos partidos en lo ideológico. Sin embargo, el anuncio de la creación de una comisión que valore las cualidades formales de estas obras y en la que se integren especialistas es una buena noticia, aunque haya que acogerla con las debidas cautelas. Porque de lo que no hay duda es del descontrol y falta de criterio con que se ha dado entrada en el espacio público de nuestra ciudad a este tipo de piezas. Hace tiempo se destapó la Caja de Pandora, bajo los auspicios de conceptos estéticos oscuros, y de intenciones clientelares muy claras. Ahora es una triste y fea realidad palpable en numerosos rincones y, lo peor, una epidemia que quiere seguir creciendo. Por ello, cabe reflexionar si, aunque nos salgan gratis, es asumible que un grupo tenga el derecho a imponernos al resto de ciudadanos estos monumentos. Y cabe pensar si somos de verdad conscientes de la deplorable imagen que a través de estas esculturas damos como ciudad.

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Redescubrir el mudéjar

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Se mueve nerviosamente de un lado a otro del interior de la iglesia. Su mirada, inquieta, vuela de ese capitel a estos dientes de sierra o se posa en aquellos “angrelados”. Al poco, señala un arco que resulta desapercibido para la mayoría de los presentes. Intento seguirlo como inspirado por la misma excitación intelectual. Fernando López Vargas-Machuca habla de la arquitectura gótico-mudéjar con el mismo apasionamiento con el que escribe sus críticas de música clásica, su otra gran predilección. De repente, me dice que no entiende nada de lo que ve. Lo escucho con incredulidad, admitiendo que se trata de uno más de sus habituales e incisivos golpes, de los que a veces no se escapa ni él mismo. De otra forma no podríamos entender que lleve desde los años noventa redescubriendo el mudéjar jerezano, enseñándonoslo con unos ojos diferentes, con un enfoque renovado que además nunca se ha quedado estancado ni ha dejado de avanzar. Todo ello plasmado en múltiples artículos y en un libro monográfico sobre el gran símbolo de este estilo artístico en la ciudad, la parroquia de San Dionisio. Pero López es consciente de los cimientos historiográficos sobre los que ha levantado sus investigaciones, desde los aciertos y los errores de autores ya clásicos como Diego Angulo Iñiguez o Hipólito Sancho de Sopranis hasta las aportaciones más recientes, entre las que sobresalen el descubrimiento de la documentación de la autoría de la capilla de la Jura de San Juan de los Caballeros por parte de José Jácome González y Jesús Antón Portillo o la tesis doctoral que sobre el tema ha escrito el arquitecto José María Guerrero Vega en 2015. Todo un corpus bibliográfico en el que esta tarde, a partir de las 20:00 y en la Academia de San Dionisio, Fernando se adentrará y desentrañará con su acostumbrada elocuencia, desenfada y rigurosa a la vez.

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La Fuente

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Vista actual. Foto: Ayuntamiento de Jerez

Casi invisible en medio del despropósito, silente, casi muerta, la fuente de la plaza del Mercado es esa parte que nos habla sin tapujos de un todo, una realidad más amplia, en este caso, manifiestamente mejorable. No hace falta explicar ese contexto, tan explícito como conocido. Unas vallas la tapan ahora pero también la protegen de la bestialidad del vandalismo que dejó su huella en forma de roturas, pintadas y basura. El monótono sonido del agua hace tiempo que no se oye: su interior está seco. Vive el peor momento de su peculiar historia, desde que fuera instalada en la plaza en 1981. Procedente del antiguo Recreo del Retiro, un espacio ajardinado creado en el siglo XIX, es, no obstante, una pieza muy anterior. Así lo demuestra la decoración labrada sobre su mármol blanco, con formas que parecen partir del Manierismo, como son las máscaras de cueros recortados o las superficies agallonadas.

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Aunque su origen sigue siendo un misterio, en fechas recientes ha sido objeto de investigaciones por parte de Jesús Caballero Ragel, cuyas conclusiones se publicaron en las páginas de este periódico el pasado julio, y Antonio Aguayo Cobo, en la última ponencia del ciclo “La pieza del mes” del Museo Arqueológico. De este modo, el primero considera que fue realizada para la Cartuja y la identifica con otra que tuvo el Claustro Chico del monasterio, hecha en Génova entre los años 1534 y 1537. Por su parte, Aguayo propone, además de un complejo mensaje iconológico, que su primera ubicación fuera el patio renacentista del Palacio de Ponce de León, teniendo en cuenta que tanto este edificio y como el hoy Parque del Retiro, antes de ser donados a la Ciudad, fueron propiedad de una misma familia, los Ysasi Lacoste. Sin embargo, en lo que ambos coinciden es en la necesidad de su urgente restauración. Una reclamación a la que todos debemos unirnos.

 

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ENLACES RELACIONADOS:

Caballero Ragel Diario de Jerez

Artículo Caballero Ragel

Artículo Aguayo Cobo