La Puerta de Rota

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Aunque fue uno de los accesos del recinto amurallado almohade, la Puerta de Rota se convirtió en su entrada menos noble, en la puerta trasera de Jerez.

Frente a lo que ocurrió con las otras tres puertas de la cerca medieval, la Real, la de Sevilla y la de Santiago, aquí no se creó ningún arrabal en el extramuros. La poco propicia orografía en torno a ella, que le otorgaría valor defensivo en su origen, sería la que, a la larga, supondría un escollo insalvable para el crecimiento urbanístico. Ya en el siglo XV consta la degradación de los alrededores. Pero será la apertura de la Puerta del Arroyo en el XVI la que suponga el punto de inflexión al convertirse esta última en salida más cómoda hacia las poblaciones costeras. Como testimonio del dorado pasado de nuestra puerta, quedaba, muy próxima a ella, la casa de los Riquelme. Y también acabó abandonada por sus dueños. En 1796 apenas perduraban de ella los maltrechos restos de la torre esquinera de esta vivienda. Entonces se comenzaba a gestar lo que hoy vemos. Las bodegas se alzaron sobre la ruina del caserío, absorbiendo incluso la Torre de Riquelme, y dieron lugar al definitivo derribo de las murallas. La transformación fue tan radical que en nuestra época se perdió el recuerdo del trazado de la puerta. La confusión fue enorme y la torre de los Riquelme se creyó parte de una muralla que ahora sabemos que estaba separada de ella unos 15 metros y que tenía su entrada por la actual Cuesta de la Chaparra.

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Todo ello lo podrán comprobar en un artículo publicado en el último número de la Revista de Historia de Jerez, en el que, bajo la coordinación de Diego Bejarano y dentro de un equipo multidisciplinar, he tenido la suerte de participar realizando el estudio documental.

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Planos, pleitos, escrituras notariales han permitido que la Puerta de Rota vuelva, virtualmente, a la vida.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Puerta-Rota_0_1428157230.html

Tornería nº 22

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En 1873 la llegada de la Primera República culminaba ese periodo de la Historia de España que se ha venido a llamar “Sexenio Revolucionario”. Tiempo convulso en el país y en el propio Jerez, que vivirá entonces tristes acontecimientos como el derribo de algunos conventos en 1868 o hechos violentos, como el motín contra las quintas del año siguiente. Ciudad de grandes contrastes, el binomio que forman miseria y conflictividad social convive con grandes avances como el suministro de agua corriente o el ferrocarril urbano, que se consiguen en 1869 y 1870, respectivamente. Una modernidad que se explica por el extraordinario desarrollo de la industria vinatera. De hecho, por esas fechas se alcanza una de las mayores cotas en las exportaciones del vino de Jerez durante todo el siglo XIX. Y uno de los protagonistas de ese apogeo será Manuel María González, el fundador de “González Byass”, que se convierte ahora en una de las primeras fortunas locales. Un ascenso social que debía materializarse en la adquisición de una vivienda acorde con su status. Sólo unos días después de la proclamación de la república se produce la compra de la casa de la calle Tornería 22. Era una zona distinguida, elegida por otros ricos bodegueros, y que además acababa de vivir una profunda transformación urbana tras el reciente derribo de la Puerta de Sevilla. El arquitecto José Esteve levantará una nueva fachada, de elegante eclecticismo, con combinación de ladrillo visto, piedra y llamativa rejería.

Un inmueble unido también al vino a través de los dueños anteriores y posteriores a González y que fue recuperado el pasado 2018 por María Luisa C. de Azcárate, convirtiéndolo en el actual Hotel “Casa Palacio María Luisa”. Una laboriosa restauración que acaba de ser recogida en un libro, de cuyo estudio histórico-artístico es autor quien estas líneas escribe.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Torneria_0_1423957663.html

Montañés y Jerez

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“Montañés, maestro de maestros” es la antológica exposición que sobre Juan Martínez Montañés fue inaugurada el pasado 29 de noviembre en el Museo de Bellas Artes de Sevilla. En ella se incluyen las formidables tallas de San Pedro y San Pablo del retablo mayor de San Miguel, una de las más ambiciosas obras de su vida.

Pese a que Montañés se viene identificando en Jerez sólo con este célebre retablo, no fue lo único que hizo para ella. Mucho antes de que aquel altar estuviera terminado ya había sido solicitado en 1604 para hacer las imágenes de los llamados Santos Mártires de Asta, Honorio, Eutiquio y Esteban, que durante esos años se convirtieron en patronos de los jerezanos y recibieron culto en la iglesia de la Compañía. Por desgracia, un incendio acabó con las esculturas sólo unas décadas más tarde. De igual modo, a punto estuvimos de haber lamentado la desaparición total de un tercer encargo que recibe desde Jerez, el Claustro de los Legos de la Cartuja, cuyo diseño fue ideado por el escultor en 1620, demostrando, con ello, una habilidad como tracista no limitada a la arquitectura en madera. Un patio que, aunque muy reconstruido, sigue conservando las elegantes líneas sobrias dibujadas por el artista. 

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Un capítulo final de este “maestro de maestros” en relación con la ciudad sería precisamente el de la vinculación con ella de imagineros salidos de su taller sevillano. Habría que citar aquí al jerezano Alonso Álvarez de Albarrán, que en 1611 entra en su obrador y que tuvo una interesante trayectoria como escultor en piedra y yeso en el propio ámbito hispalense. El caso contrario fue el de Francisco de Villegas, oficial de Montañés que deja Sevilla para instalarse en nuestra zona, trabajando con frecuencia para Jerez en la primera mitad del XVII.

Una huella, por tanto, más profunda, más allá de las maravillas de San Miguel.

https://m.diariodejerez.es/opinion/articulos/Montanes-Jerez_0_1419758087.html

Y el mudéjar

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Cuando en 2007 se descubren la cronología y autores de la conocida como “Capilla de la Jura” de San Juan de los Caballeros nuestro conocimiento sobre el mudéjar jerezano experimentó un considerable vuelco. Fueron José Jácome y Jesús Antón los que desenterraron el testamento de Andrés Martínez Tocino, fechado en 1404 y en el que deja constancia de una deuda con Fernán García y Diego Fernández, tío y sobrino, respectivamente, por la obra de dicha construcción. En 2010 serían Manuel y Raúl Romero los que identificarían a Fernán García con el maestro que hasta 1433 ostentó el cargo de alcalde del alarifazgo, una especie de arquitecto municipal de la época. Esta posición preeminente, que traspasa ese año a otro sobrino, Alfonso Benítez, le llevaría a él y a sus familiares a intervenir en los principales edificios que se levantan en la primera mitad del XV en Jerez, y en localidades cercanas como Sanlúcar o Vejer, tal y como defiende Fernando López, el estudioso que, junto a José María Guerrero, más líneas ha dedicado al fenómeno mudéjar en la ciudad.

Tras un arte islámico del que poco se sabe y un gótico primerizo que apenas se intuye, la fusión gótico-mudéjar supone el primer estilo arquitectónico de Jerez que puede explicarse ya con un discurso coherente y que está respaldado por una mínima base documental. El primero en revelarnos nombres de maestros constructores y en mostrar un desarrollo relevante y un prestigio que supera los límites locales.

El mudéjar culmina este recorrido a la inversa por los siglos de la Edad Moderna y de la época bajomedieval. Es el comienzo y el fin de nuestro camino. Pero la historia de la arquitectura jerezana no se agota. Por fortuna, está más viva que nunca, dispuesta a redescubrirse y a reinventarse, avanzando mediante su continua investigación, retrocediendo hacia un pasado en incesante revisión.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/mudejar_0_1415558512.html

El Gótico

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Cuanto más atrás retrocedemos en el tiempo, más nos sumergimos en un territorio oscuro, con más dudas que certezas. Dejamos el Renacimiento y entramos en la inmensidad del Gótico. Hablar de este estilo en Jerez no es fácil, y quizás un atrevimiento por mi parte. En realidad, no existe un periodo claramente acotado como en el arte renacentista. Está presente en las posibles primeras muestras de arquitectura cristiana, allá por el último tercio del XIII. Es la base estructural de gran parte de las construcciones “mudéjares” de la primera mitad del XV, tal vez bajo la dirección de Fernán García y su familia. Y emerge de manera patente en las últimas décadas del XV y las primeras del XVI en un monumental tardogótico. Pero, como otras veces he dicho, siguió siendo un estilo prestigioso durante muchos años más y, como tal, se resistió a morir, demostrando su vitalidad pasado el ecuador del quinientos. Incluso, será un fuego que no se apagará del todo en el Barroco, cuando aislados rescoldos aún crepitarán y hasta provocarán enormes fogatas como la nueva Colegial. Porque no estamos ante un simple estilo, sino ante una constante.

Con todo, existe un gótico más reconocible por todos, el de San Miguel y Santiago. Ese que brota de las influencias de la edificación de la Catedral de Sevilla y que pudo ser creación de los mismos maestros que dirigen esa faraónica obra hispalense. Entre todos ellos, el jerezano Alonso Rodríguez, perteneciente a una dinastía de arquitectos locales de gran proyección en este periodo. Con no pocos titubeos, su nombre se ha llegado a vincular con Santiago y, en fechas recientes, con la portada de San Mateo, gracias al descubrimiento de una misteriosa, y controvertida, firma. Elocuente ejemplo de lo mucho que todavía queda por dilucidar sobre esta apasionante etapa de nuestra particular historia de la arquitectura.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Gotico_0_1411358934.html

Fernando Álvarez

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Hasta hace unos veinte años Fernando Álvarez era prácticamente un nombre más entre los numerosos maestros constructores del quinientos jerezano. Hoy puede considerarse una figura clave del último gótico y del primer renacimiento en la ciudad. Pasó así de no tener ninguna obra conservada a poseer una rica producción que incluye hitos de la arquitectura local de su época.

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Ahora sabemos que su prestigio le llevó a firmar sobre su propio trabajo. Empeño por perpetuar su fama que sucumbió bajo gruesas capas de cal. Porque eso fue lo que ocurrió con la majestuosa bóveda central de San Mateo, junto a la que dejó una inscripción que informa de su autoría y que no se descubrió hasta la restauración de este templo a fines del siglo XX. Poco después vendría la documentación de su labor en la portada del palacio Riquelme o el ventanal esquinado de Ponce de León por Guzmán Oliveros y Orellana González. Y tras ello la minuciosa investigación emprendida por Romero Bejarano, con el colofón de su tesis doctoral, dedicada a estudiar la huella portuguesa en el tardogótico bajo andaluz, contexto donde Álvarez sería uno de los ejemplos más llamativos.

Pese a su origen luso y formación en los delirios decorativos del Manuelino, supo adaptar ese bagaje artístico a su tierra de acogida y a los nuevos gustos italianizantes. Activo desde 1524 hasta poco antes de su muerte hacia 1562, la frecuente riqueza ornamental e iconográfica de sus trabajos le ha llevado asimismo a ser considerado como un destacado escultor. Pero, sea él el artífice de estos pormenores u otros artistas a su servicio, ahí quedan las citadas obras, la actual portada de la capilla del Cortijo de Las Quinientas, el claustro de la Merced o un buen número de atribuciones, caso de la Puerta de Gracias de Santo Domingo, como testimonio de casi cuarenta años de fructífera actividad.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Fernando-Alvarez_0_1407159350.html

Pedro Fernández de la Zarza

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Llegamos al segundo tercio del siglo XVI en esta historia (invertida) de la arquitectura en Jerez. Son los años de la verdadera introducción del Renacimiento en la ciudad. En este proceso jugarán un papel crucial dos maestros: Fernando Álvarez y Pedro Fernández de la Zarza. Hoy nos detendremos en Fernández de la Zarza.

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También aquí son básicas las investigaciones de Romero Bejarano, en este caso junto a Raúl Romero Medina. Por ellos conocemos su origen jerezano, su nacimiento hacia 1494 y su pertenencia a una importante saga local de arquitectos, los Rodríguez. En el ámbito familiar aprendió los secretos del tardogótico, como vemos en su propia producción. No obstante, su trabajo junto a maestros de Sevilla, como Diego de Riaño y Martín de Gaínza, le lleva a asimilar un nuevo lenguaje. Estos contactos se suceden en la construcción de San Miguel, en la cual Fernández de la Zarza trabaja desde los años veinte y donde actuó como aparejador de Riaño, primero, y de Gaínza, después. La riqueza decorativa de la cabecera y crucero de esta iglesia, que llegó a despertar la queja de los propios feligreses por los cuantiosos gastos que conllevó, se debe en parte a él. De hecho, a su personal inventiva pertenece la original bóveda de la capilla del Socorro, en la que incluye su firma en 1547. Durante todo ese tiempo su actividad profesional fue fecunda y va desde la capilla de Consolación de Santo Domingo, que contrata en 1537 y cuya portada es una de las primeras muestras de la estética renacentista en Jerez, hasta la plenitud clásica de la bóveda en forma de concha de la capilla del Voto de San Francisco, que pudo ser una de sus últimas creaciones, ya traspasado el ecuador del siglo. Una obra que culminaría todo un proceso de evolución de un arte que luchó por despegarse, no sin dificultad, de su vigorosa raíz medieval.

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https://m.diariodejerez.es/opinion/articulos/Pedro-Fernandez-Zarza_0_1402959711.html