Mito y realidad: la Roldana

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Pocos artistas españoles han sido más mitificados que Luisa Roldán. Su extraordinaria singularidad en el arte español la envolvió en ese halo fascinador que rodea a los mejores creadores. Si en vida gozó de una justa fama, tras su muerte, el prestigio de su nombre acabó construyendo un personaje imaginario sobre los escasos cimientos conocidos de la existencia de aquella mujer real, que se oculta bajo el sobrenombre de “la Roldana”. El resultado, una vida reinventada y una obra inflada hasta límites demenciales, sin la más mínima sensatez. En algunos casos, se relacionó con ella toda pieza barroca de pequeñas dimensiones o de supuesta grácil impronta femenina. En otros, los argumentos fueron aún más arbitrarios. Roldana y calidad artística se convirtieron así en sinónimos en el contexto de la escultura, y más en el ámbito cofradiero. Aquí es donde hay que situar las atribuciones de imágenes procesionales que se dan en Jerez como consecuencia de su acentuado proceso de crecimiento y sevillanización a lo largo del siglo XX. El parangón con la Semana Santa de la capital andaluza se convierte ahora en una enfermiza obsesión que llega a anular los valores propios a cambio de la altiva ostentación de los ajenos. Todo esto incluía mantener en el anonimato, debido a la escasez de investigaciones, a los escultores que trabajaron en la ciudad y la zona.

 

Hoy, sin embargo, los avances en el conocimiento de estos maestros y en la cronología de algunas de esas tallas, antes asignadas a Luisa Roldán, nos permiten llegar a la conclusión de que esta sevillana no trabajó para Jerez. Pero, en paralelo, esta artista está siendo estudiada ya con criterios rigurosos y cada vez despierta más interés internacionalmente.

De esta visión renovada hablaré mañana a las 20.00 en el Ateneo, dentro de su ciclo sobre mujer y arte. Les espero.

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El arquitecto Ignacio Díaz

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Otra figura de la arquitectura jerezana del siglo XVIII poco apreciada es la del sevillano Ignacio Díaz de los Reyes. Y ello a pesar de estar estrechamente ligado a las dos más importantes construcciones de su época en la ciudad: la Catedral y el Sagrario de San Miguel. Su nombre ha quedado algo perdido dentro de la larga lista de arquitectos que intervienen en la entonces Colegial. Sin embargo, no jugó un papel menor en ella, ni mucho menos.

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El primer templo de Jerez se vuelve a construir de nueva planta a partir de 1695. Pocos años después los trabajos se paralizan por falta de recursos. No será hasta 1715 cuando el cardenal Manuel Arias decida reanudar la edificación a sus expensas. Encargará la dirección al maestro mayor del arzobispado hispalense, Diego Antonio Díaz, pero debido a sus muchos compromisos éste termina delegando al año siguiente en su hermano. A partir de ese momento y hasta su muerte en 1748, la vida de Ignacio queda unida a esta iglesia. En este periodo se levantará buena parte de la misma. Y, aunque debió de basarse en el peculiar proyecto goticista de Diego Moreno Meléndez y, seguramente, en planos aportados por el propio Diego Antonio, pienso que Díaz de los Reyes dejaría también su huella. De manera especial, podría verse esto en el diseño final de las tres fachadas, la principal y las de la Visitación y la Encarnación. Por otro lado, no menos importante pudo ser su labor de enseñanza del oficio a una nueva generación de arquitectos locales. A su sombra y en el contexto de la obra de la Colegial surgirán personajes como José de Mendoza, Juan de Pina o Juan Ximénez Alejandro. Este último se encargará de materializar las trazas de su maestro para la capilla sacramental de San Miguel, una obra muy destacada del barroco andaluz. Sólo por ella, Ignacio Díaz merecería ser justamente recordado.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/arquitecto-Ignacio-Diaz_0_1360963947.html

José de Vargas y el Neoclasicismo

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1792 supone un punto de inflexión en la evolución de la arquitectura en Jerez. Fue entonces cuando muere un importante representante del último barroco, Juan de Bargas. Tras él acaba una etapa y comienza otra, la de la definitiva llegada del Neoclasicismo de la mano de José de Vargas, quien a partir de ahí marcará las directrices en las construcciones locales a caballo entre los siglos XVIII y XIX.

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Tras convertirse en el primer arquitecto jerezano titulado por la Academia de San Fernando de Madrid, rompe, no sin la oposición inicial de los maestros de obras, con el dominio de la tradición gremial y, al mismo tiempo, implanta una nueva estética, la de la vuelta a la sobriedad y severa armonía del arte clásico. José ya había trabajado bajo esas nuevas premisas años antes, dejando obras tan significativas como la fachada del palacio de Camporreal o la balaustrada que remata el Cabildo Antiguo. Pero a partir de 1792 su dominio será casi absoluto, al acaparar los cargos de maestro mayor de la Ciudad y de la obra de la Colegial. El primero de estos puestos lo lleva a intervenir en diferentes inmuebles municipales, como ha documentado Aroca Vicenti. De este modo, otorgará su sencillo exterior a la Alhóndiga, hoy conocida como el edificio de “Los Arcos” de la plaza Arenal. Levantará después la ahora llamada Sala “Pescadería Vieja”, dentro de un ambicioso proyecto de mercado que quedó sin concluir. Y también era suyo el tristemente desaparecido matadero situado en la calle del mismo nombre. En la Colegial, por su parte, construyó la capilla del Sagrario. Por si fuera poco, restauró asimismo el Alcázar, observándose su trabajo en el lienzo de muralla que da a la calle Puerto.

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Todo ello es de una corrección y elegancia formales dignos de ser valorados, pese al descrédito, injusto, que padece hoy el estilo neoclásico.

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El arquitecto Juan de Bargas

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A lo largo de los casi seis años de vida de esta columna han desfilado un buen número de los protagonistas de la historia de la arquitectura jerezana. Nombres más recientes, como Fernando de la Cuadra o Francisco Hernández-Rubio; creadores de la Jerez decimonónica, como José Esteve o José de la Coba; y, ya en la Edad Moderna, otros, como Juan Díaz de la Guerra. Todos ellos contribuyeron a levantar la imagen de la ciudad, no sólo a través del diseño de casas, bodegas o iglesias, sino también mediante la intervención en el urbanismo. No fueron los únicos. En esta ocasión quiero recordar a un maestro de obras al que me siento ligado desde mis inicios como investigador. Me refiero a Juan de Bargas. El que construyera una de las grandes casas del XVIII, el Palacio Bertemati, fue un personaje fundamental en el periodo “rococó” local y así fue valorado por sus contemporáneos.

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Se supone que Bargas, con “B”, como firma en diversos documentos, nació en Jerez  y se formó con su padre, Alonso, un arquitecto del que muy poco sabemos. Juan cultivó un barroco dinámico y enfático en sus obras, siendo la portada principal de Bertemati una expresiva muestra de su capacidad como tracista. Muy efectistas son también sus espadañas para las iglesias de Santiago y San Marcos. Su labor en el ámbito de la arquitectura doméstica está probada asimismo por otros trabajos, tanto en Jerez, como en ciudades cercanas como Cádiz, observándose la huella de su estilo además en la casa de la calle Corredera nº 35 e incluso siendo evidente que influye o colabora con Díaz de la Guerra en el Palacio Domecq. Al final de su vida, estuvo a cargo de la obra de la Colegial, a la que se dedicó hasta su muerte en 1792. Eran ya otros tiempos y el Neoclásico se imponía. Otro posible miembro de la saga familiar, José de Vargas, recogerá entonces el relevo.

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La Casa del Abad

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Durante la pasada Semana Santa, tras la retirada del andamiaje que ocultaba su fachada, se ha podido observar el resultado de los trabajos acometidos sobre la antigua Casa del Abad, situada en la plaza de la Encarnación, junto a la torre catedralicia. Esta intervención lleva meses despertando atención y curiosidad. La causa de esta expectación no es otra que la posibilidad de confirmar las hipótesis que distintos investigadores han planteado sobre su origen medieval y sobre su pertenencia a la primitiva Colegial de San Salvador, la misma que se supone asentada sobre la mezquita mayor o aljama de Jerez. Pues bien, la retirada de los revocos ha dejado los paramentos exteriores desnudos, revelándonos su semblante, enmascarado bajo una apariencia dieciochesca. Hasta ahora lo más llamativo era, de hecho, la portada de piedra barroca añadida en 1767, año que aparece inscrito sobre ella. Sin embargo, este edificio, que por aquel tiempo pasaría a cumplir la función de contaduría y sala capitular, no era de nueva planta. Para él se reutilizaron los dos lados que quedaban del antiguo Patio de los Naranjos anexo a la vieja iglesia, aquella que se derribó para levantar la presente Catedral a partir de 1695. Dentro de la muy compleja historia del conjunto arquitectónico en el que se integraba este claustro, se sabe que una parte de este último se usó como capilla funeraria e incluso, avanzada la obra del actual templo, fue usado como iglesia provisional. Quizás estos restos hayan llegado a nuestros días gracias a todos estos sucesivos reaprovechamientos, hasta servir, ya en fechas más recientes, de vivienda del deán.

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Una serie de arcos de ladrillo de estética islámica aparecen hoy ante el viandante como vestigios de aquel patio. ¿Son almohades? ¿Tal vez anteriores? ¿Acaso mudéjares? El estudio arqueológico podrá sacarnos de dudas.

 

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La Pasión olvidada (y XII)

Fig. 7. Cristo de la Salud, o de las Aguas

En la penumbra de un rincón a los pies de la iglesia, junto al coro, tapado a veces por un paso o una parihuela, persiste postergado el retablo del Cristo de la Salud. Pasa tan inadvertido al entrar en San Mateo que hace falta aguzar la vista o buscarlo con indisimulada curiosidad. La parca iluminación y su apagado colorido, resultado de una desafortunada reforma neoclásica, hacen que destaque poco. Hay lugares, además, que parecen estar condenados al fracaso. En esa misma ubicación se sabe que estuvo el altar de Ánimas de la parroquia. Tras el cierre de la puerta principal y la ruina ocasionada por el terremoto de 1755 este altar se traslada, dejando un vacío que años más tarde, en 1761, será cubierto con la realización de uno nuevo. Un devoto del crucificado, que quiso permanecer en el anonimato, lo costea. Allí se conservó la talla desde esa fecha hasta hace algunas décadas, cuando un incendio provocó daños en la estructura retablística aún no reparados. El Cristo de la Salud, o de las Aguas, como ahora se conoce, fue sacado de allí y depositado en la vecina capilla de San Blas.

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La escultura es muy anterior a 1761. De hecho, parece de la primera mitad del seiscientos. Una obra, muy frontal y simétrica, que todavía no ha avanzado hacia formas propiamente barrocas. La interesante cabeza y el elegante sudario nos hablan de un artista que bebe aún de modelos de fines del XVI. Hay pocas dudas de que ese imaginero fue Francisco de Villegas. Un oficial de Montañés que termina recalando en Cádiz y del que restan en Jerez varios trabajos, siendo el más conocido de todos el Cristo de la Humildad y Paciencia.

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Autor fotografía: José Miguel Sánchez Peña

La hermandad del Desconsuelo ha puesto su atención en el crucificado e incluso hay quien sueña con verlo procesionar. ¿Harán falta molías e incienso para ver esta imagen y su retablo restaurados? El tiempo lo dirá.

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La Pasión olvidada (XI)

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Autor fotografía: Carlos Galera (https://www.jerezcofrade.tv/2017/08/04/calvario-desconocido-gran-valor-artistico)

Los Remedios, esa iglesia tan céntrica como ignota, guarda un Calvario con llamativas esculturas de tamaño natural. La variedad estilística de las tres no menoscaba la belleza, algo dañada, de este grupo. Al contrario, resulta sugestivo observar en el crucificado, de pasta, rasgos del seiscientos sevillano, mientras en el San Juan resalta la indudable impronta dieciochesca de Jacome Vacaro y en la Dolorosa la refinada gubia decimonónica de Juan de Astorga.

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Autor fotografía: Carlos Galera (https://www.jerezcofrade.tv/2017/08/04/calvario-desconocido-gran-valor-artistico)

No obstante, el verdadero misterio sobre estas imágenes no es tanto su autoría, como su procedencia. La enrevesada y accidentada historia de la capilla de los Remedios no ayuda a descifrar el origen de cada una. Durante cientos de años se fueron sucediendo un pequeño altar medieval; un primer edificio del XVI; un segundo templo del XVII que, en parte, se corresponde al actual y que se cierra tras la Revolución de 1868, perdiendo entonces todos sus bienes muebles; y la gran reforma de principios del XX, en el que adquiere su apariencia presente. Tras su reapertura, se instala allí nuestro Calvario. Es posible que hubiera recibido culto en ella de manera previa al cierre pero no podemos asegurarlo. Eso sí, nos consta la existencia en tiempos anteriores aquí de una hermandad penitencial y que procesionó un Santo Entierro y, tardíamente, una misteriosa escena del “Despedimiento”.

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Autor fotografía: Carlos Galera (https://www.jerezcofrade.tv/2017/08/04/calvario-desconocido-gran-valor-artistico)

Más conocidos son, en cambio, los numerosos intentos fallidos de crear cofradías con estas imágenes, desde los años 30 con la del Cristo del Amor hasta las últimas décadas. Todas ellas se han encontrado con un muro infranqueable, la Adoración Nocturna, que viene ocupando exclusivamente la capilla desde hace más de un siglo. Tentativas ya inútiles que no pueden hacernos obviar la necesidad de recuperar artísticamente uno de los conjuntos pasionistas no procesionales más destacados de la ciudad.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Pasion-olvidada-XI_0_1339966070.html