De las cepas a las copas

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Hoy martes se inauguran unas jornadas dedicadas a la cultura del vino que, con el título “De las cepas a las copas”, se desarrollarán hasta este viernes en los Museos de la Atalaya con la organización del Ayuntamiento, la Universidad Pablo de Olavide y la Asociación Jerezana de Amigos del Archivo. El enfoque es acertadamente multidisciplinar, englobando distintas épocas (desde la Antigüedad hasta casi la actualidad), diferentes áreas geográficas y, por supuesto, diversos puntos de vista: históricos, archivísticos, literarios, artísticos o puramente arquitectónicos. Este último aspecto, el de la arquitectura, tema central de esta columna a lo largo de muchas semanas, quedará plasmado en charlas sobre nuestra ciudad y sus bodegas en el XVII y el XX, sobre el caso concreto de González Byass o sobre la influencia de la riqueza del vino en la eclosión de una particular tipología de casa señorial jerezana en el siglo XVIII.

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Este evento, aunque centrado, como es lógico, en ponencias y comunicaciones, incluirá una serie de actividades paralelas, como visitas y rutas, que permitirán disfrutar de todo ese patrimonio cultural en su lugar natural, la viña, la bodega y la tonelería. Toda una invitación a vivir, valorar y defender una de nuestras señas de identidad. Porque el vino de Jerez nunca debería vincularse a la incultura, a lo soez o a la embriaguez, como un conocido programa televisivo ha hecho para burla y deplorable entretenimiento de toda España hace sólo unos días. El jerez, fruto del esfuerzo y el trabajo de toda una sociedad durante siglos, y en otro tiempo fuente primordial de nuestra riqueza, constituye un testimonio, positivo, de lo que fuimos y el resultado de lo que todavía somos y, entre otras muchas cosas, ha sido generador de un legado arquitectónico insustituible y nunca de manera suficiente valorado.

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Diego Martín del Oliva

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Es uno de los tres nombres grabados sobre la fachada del Cabildo y el último de los autores de este edificio que vamos a recordar. Parece también que era el menos dotado para el diseño arquitectónico de todos ellos, como opina Romero Bejarano, quien asimismo ha hecho valiosas aportaciones documentales sobre él. En cualquier caso, fue un maestro de éxito en el Jerez de la segunda mitad del XVI, constando también que llevó a cabo trabajos relevantes fuera de la ciudad.

Suele ser una constante en los oficios artísticos el aprendizaje en el seno familiar y Diego Martín del Oliva no fue una excepción, ya que el apellido “del Oliva” está en numerosas páginas de la historia de la arquitectura jerezana del quinientos, marcando una larga transición del Tardogótico al Renacimiento. Las dispares formas de ambas corrientes artísticas llegan incluso a combinarse, uniendo decoración “a lo romano” con una compleja cubierta de crucería en obras tan tardías como la capilla de San Sebastián de la parroquia de Nuestra Señora de la O de Sanlúcar, contratada en 1560 junto a su hermano Francisco Ruiz del Oliva. Ambos habían colaborado años antes en la capilla de la Cena de San Marcos, donde, en cambio, usaron la bóveda acasetonada clásica. Ya en solitario, simultáneamente a la construcción de las casas capitulares levantó la actual capilla del Señor de las Penas de San Mateo, donde las afinidades con ciertos detalles del interior del viejo ayuntamiento son llamativas.

En 1570 labra el oratorio de Diego de Ribadeneira en el convento de Santo Domingo. Un espacio, cerrado por una curiosa reja de la misma época, que está ahora de actualidad por su rehabilitación y conversión en acceso principal de “Los Claustros”. Una muestra de un modesto Renacimiento pero de indudable valor histórico que deseamos que sea objeto de una intervención acertada.

https://www.diariodejerez.es/opinion/articulos/Diego-Martin-Oliva_0_1394560588.html

Andrés de Ribera

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Con la potencia visual de un templo griego y el esquema de un arco de triunfo romano, bebe de la sobria monumentalidad de la arquitectura clásica. Sus cuatro contundentes columnas dóricas y la no menos recia horizontalidad de su entablamento hacen que se nos presente casi como un imaginario vestigio de la Antigüedad. Pero, tras este primer impacto, emergen luego detalles heterodoxos: el singular remate que sustituye el frontón por una concha y volutas, la incrustación de pizarra y cerámica negra o la aparición de algunos elementos calados. Todo ello nos habla de ese “juego” manierista propio de la segunda mitad del siglo XVI. Una inscripción en el friso nos aclara que esta sugestiva mole fue levantada en 1571 y da el nombre de su autor, Andrés de Rivera, que concibió una entrada digna del más poderoso monasterio de la zona, la Cartuja. Tan satisfecho quedó Rivera con su obra que no dudó en firmar sobre ella. Con esto, dejaba para siempre testimonio de su nombre y, también, comenzaba su propio mito. Porque en los siglos XIX y XX se le convierte en un hito del arte local, atribuyéndosele toda construcción importante del periodo renacentista en la ciudad. Tuvo que ser Hipólito Sancho y, más recientemente, Manuel Romero quienes tuvieron que poner orden. Ahora sabemos que llegó de Salamanca, donde recibiría una esmerada formación. En Jerez, sin duda, gozó de prestigio pues, además de a la Cartuja, donde asimismo trabaja en el claustro grande, aparece vinculado al Ayuntamiento, del que llega a ser maestro mayor, interviniendo en la Casa del Corregidor, actual Colegio Cervantes, y en el Cabildo, donde se vuelve a grabar su nombre, aunque no sepamos qué hizo. Junto a otros trabajos perdidos o poco claros, nada queda de él, más allá de su portada cartujana, para reconstruir su personalidad artística, aún tan atrayente y esquiva.

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Bartolomé Sánchez

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Iglesia del Espíritu Santo

Seguimos retrocediendo en el tiempo por la historia de la arquitectura jerezana y nos topamos con Bartolomé Sánchez. Su nombre ha estado mucho tiempo oscurecido por la fama de otro arquitecto local de su época, Andrés de Ribera, a quien incluso se le ha llegado a identificar de manera errónea como autor de alguna obra que hoy sabemos que en realidad fue ideada por el propio Sánchez. Es el caso de la iglesia del Espíritu Santo. Su intervención en este edificio renacentista fue documentada por Manuel Romero Bejarano, al que debemos valiosos datos sobre este maestro, información que permite situarlo en una buena posición entre los arquitectos andaluces del último tercio del siglo XVI. La iglesia del extinguido cenobio de monjas dominicas, que estaba construido en 1577, constituye, desde luego, un cuidado ejemplar de un Renacimiento avanzado. Su decoración, con notas manieristas, está delicadamente tallada en piedra sobre su portada y alcanza cierta personalidad en su interior, en sus bóvedas baídas y el llamativo ábside semicircular acabado en concha.

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Cabildo

La comprobación de su autoría sobre esta obra hace que veamos con otros ojos su participación sobre otra creación antológica del arte renacentista jerezano, el Cabildo. En la fachada aparece grabado, junto a la fecha de 1575, su nombre, al igual que los del citado Ribera y de Diego Martín de la Oliva. Son los artífices de esta célebre casa consistorial, cuya exquisita ornamentación exterior parece muy probable que saliera de la refinada inventiva de Sánchez. Pero no son sus únicos trabajos conocidos. Para el convento de Santo Domingo trazó el refectorio y la ahora capilla de la Virgen del Rocío. Todo ello está vinculado al templo del Espíritu Santo, un monumento largamente oculto. Antes por una rígida clausura, ahora por un vergonzoso abandono que nadie parece querer remediar.

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Alternativas al asfaltado

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Se anuncia que el Ayuntamiento sacará a licitación el próximo mes la obra de asfaltado del llamado “eje Corredera-Esteve-Cerrón”. La futurible historia basada en hechos reales que ocupó hace dos semanas esta columna parece que podrá materializarse en menos de un año. Con esto parece agotarse ya cualquier intento de un necesario debate. Pues, admitiendo la necesidad perentoria de actuar y la limitación presupuestaria, pero también lo céntrico del enclave, hay que ser consciente de que el tema no debe plantearse desde posturas inflexibles y ajenas a un diálogo sosegado e integrador, de verdad, de todas las partes implicadas directa o indirectamente.

Pero, ¿hay en realidad alternativas? La última propuesta, que sería la elegida de manera definitiva, implicaría un asfaltado con unas someras líneas de adoquines para delimitar los carriles y pasos de peatones. Una supuesta solución salomónica que, sin conocer el diseño final, a muchos jerezanos, defensores o detractores del adoquinado, nos parece ilógica; y, desde luego, menos ambiciosa que el proyecto inicial de disponer sólo de líneas de rodadura de alquitrán sobre el tradicional pavimento. Dinero y tiempo son justificaciones, o excusas, para no mantener los adoquines preexistentes. Sin embargo, con un ajustado presupuesto, ¿es necesario ahora intervenir en el acerado y construir una plataforma única? ¿No podría actuarse por fases en función de mayor a menor deterioro, conservando lo que hoy tenemos? O, como última opción, ¿no sería posible instalar los adoquines más planos, y por ello emisores de menor “contaminación acústica”, que han dado un buen resultado en calles Ponce o Merced? Estamos perdiendo en este caso la belleza artesanal de nuestro genuino adoquín pero, incluso con esa triste pérdida, se obtendría un resultado más estético que el inapropiado asfalto.

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El adoquín, de nuevo

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Recorrimos tan apresuradamente aquellas calles que nunca fuimos capaces de apreciar el suelo que pisamos. Era el clásico, y maltratado, adoquín de canteras como las de Gerena, de técnica artesanal y de sutil riqueza cromática, más allá del gris impersonal, con una gama que iba hasta tonos ocres y rojizos. Indudablemente, aquel adoquinado nunca fue concebido para padecer tanto tráfico… ni tan poco mantenimiento. Un día los conductores nos percatamos que pasar sobre él ponía en serio peligro la suspensión de nuestros vehículos y el Ayuntamiento decidió (por fin) actuar. La propuesta fue sustituirlo por el asfalto, ya empleado a modo de ensayo en la plaza de las Angustias. Aunque se escucharon voces en contra, que llevaron a demorar la decisión, el gobierno municipal sabía que contaba con el apoyo de colectivos como taxistas, por razones obvias, y comerciantes, que exigían lógicamente obras rápidas con el mínimo impacto posible en sus negocios. Pero, si sus posturas eran hasta cierto punto comprensibles, detrás de ellas se dejaba entrever una incapacidad para entender el verdadero concepto de lo que es un centro histórico, sus “incómodas” singularidades, no asimilables a una gran superficie comercial. Aún resuenan en mi cabeza sus frases en defensa del asfaltado: “hay que adaptarse a los nuevos tiempos que vivimos” o “la vida evoluciona y nosotros también tenemos que hacerlo”. Palabras que podían haber salido de los peores años del desarrollismo. Y, mientras, los partidos de la oposición permanecieron entre la apatía y las ambigüedades. Sólo los ecologistas hablaron de la insostenibilidad del asfaltado. Sin duda, no evolucionamos.

Hoy la calle Corredera ofrece un negro paisaje. Una caravana de autobuses discurre rauda por ella. Al exterior de cada uno puede leerse en grandes e irónicas letras: “Jerez Ciudad Sostenible”.

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Antón Martín Calafate

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Si Diego Moreno Meléndez ocupa el lugar más destacado de la arquitectura jerezana de la segunda mitad del XVII, durante la primera parte de ese siglo el protagonismo fue para otro maestro mayor, Antón Martín Calafate, que alcanzaría un indudable prestigio dentro y fuera de la ciudad. Nació en el seno de una familia de maestros de obras. De su padre, Luis Fernández, sabemos muy poco, sobresaliendo su intervención en las bóvedas de la nave de la iglesia de la Merced, convento para el que trabajará otro de sus hijos: Domingo Fernández Calafate, autor de la portada exterior. Con este último colaborará Antón en sus primeros trabajos conocidos, caso de la portada principal de San Marcos. Desde esta temprana obra, fechada en 1613, hasta una más tardía dentro de su trayectoria, la torre de San Juan de los Caballeros, no es posible encontrar una evolución significativa. Las formas siguen inmersas en un tardomanierismo, sobrio, donde la decoración es plana y geométrica. Lo vemos en su torre de la iglesia de la Victoria o en el grupo de estancias que levanta para el convento de Santo Domingo. Con todo, el conjunto de la sacristía y la sala capitular de los dominicos se encuentra entre lo más logrado de su producción por su monumentalidad y elaborado y más avanzado diseño de sus elementos arquitectónicos.

Martín Calafate fue llamado también por los dominicos de Cádiz para la construcción de su iglesia y claustro, por los mínimos de Sanlúcar de Barrameda para abovedar su templo y, finalmente, se hizo cargo de la reconstrucción de la Prioral de El Puerto, en la que se vio obligado a manejar un llamativo lenguaje goticista acorde con lo que había quedado del edificio original. Dejada sin terminar cuando muere en 1659, fue su último trabajo; así como un claro antecedente para la curiosa tendencia “neogótica” de Moreno Meléndez.

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Autor foto: Luis Rodríguez de Jesús http://fotodejesus.blogspot.com/2017/10/iglesia-mayor-prioral-el-puerto-de_5.html

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