El Palacio Pemartín

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La historia del edificio que hasta hoy viene ocupando el Centro Andaluz de Documentación del Flamenco tiene la riqueza y la complejidad de las grandes y viejas casas de la ciudad. Su aspecto actual, básicamente dieciochesco, no nos debe hacer olvidar unos orígenes muy anteriores. Dos han sido los historiadores del arte que han aportado datos sobre él: Hipólito Sancho hace mucho, en 1929, y Fernando Aroca en fechas recientes. Cada uno se preocupó por dos etapas muy distintas de su construcción. El primero nos habló de sus inicios en la segunda mitad del siglo XV bajo los auspicios del más antiguo de sus propietarios, Alvar López de Hinojosa “El Viejo”, uno de los personajes más poderosos del convulso Jerez de las banderías. Aquél que dejaría los escudos de sus apellidos pintados en el alfarje o delicado techo mudéjar que cubre el zaguán de entrada, único resto visible de su primitiva estructura medieval. El segundo, por su parte, ha aportado datos sobre el promotor y cronología de la intensa reforma del siglo XVIII. En concreto, estamos hablando de Agustín Pío de Villavicencio y de su reconstrucción entre 1773 y 1776. La que pasa a convertirse en vivienda de los Marqueses de la Mesa de Asta se dota entonces de una fachada monumental a la plaza de San Juan y ve levantarse o rehacerse el patio y la escalera principales. Una búsqueda de amplias perspectivas exteriores y suntuosos patios de vistosas arquerías en los interiores en la que se respira semejante espíritu al que había animado por esos años a edificar los palacios Bertemati y Domecq. Ya en el siglo XX vendrían sus etapas bajo la propiedad de los Pemartín y bajo el dominio público, ése que ahora siembra la duda sobre su futuro, despreciando toda esa rica y compleja historia y sumergiéndolo en el lóbrego limbo de las víctimas de triquiñuelas y desatinos políticos.

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Foto: La Voz del Sur

 

 

 

 

 

 

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La Pasión olvidada… y recuperada (y IV)

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En 1744 tenía lugar la que sería la última fundación de una cofradía penitencial en el Jerez de la Edad Moderna. El hecho se produce en el convento de Belén. La nueva hermandad surgía para dar culto a una “milagrosa imagen” conservada en la iglesia de los mercedarios descalzos. Se trataba de un crucificado, el Cristo de la Salud. La talla, barroca, destila, no obstante, serenidad y equilibrio. El sudario pende suavemente, sin violentos revoloteos. La cabeza cae a su derecha mansa, sin aspavientos. La impavidez de la cara queda, eso sí, atenuada por las dramáticas heridas y los regueros de sangre que, sin conseguir afearla, dibujó el policromador. El anónimo escultor parece conocer de primera mano la obra del sevillano Pedro Roldán, al que imita en diferentes detalles, como en la talla del pelo. Desconocemos su identidad pero tal vez estuvo activo en la ciudad algunos años, a finales del siglo XVII.

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Este Cristo salió cada Miércoles Santo desde mediados del setecientos hasta, al menos, 1822. Vendría luego la Desamortización, la conversión del convento en cárcel y el traslado al Asilo de San José. Le acompañaron las otras dos imágenes de la hermandad: una Virgen de los Dolores, que terminará siendo adquirida por La Yedra, y un San Juan, cuyo paradero actual resulta controvertido. De esta forma se deshizo una cofradía que tuvo en 1939 como pretendida continuadora a la de Las Tres Caídas. La misma que mucho después lo rescató de décadas y décadas de desidioso abandono y que mañana lo volverá a sacar en Semana Santa, casi dos siglos después, convirtiéndose en la gran novedad de este 2018. Y como bella reliquia de un edificio religioso arrasado, volverá a pasar por la lacerada plaza Belén, con conciencia clara de un ayer irrecuperable, aunque con el atisbo receloso de un mañana, quizás, más halagüeño.

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La Pasión olvidada… y recuperada (III)

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Despunta la mañana del Viernes Santo por la Plaza de Santiago. Llegó el momento de que la Muerte cobre vida y de que lo divino pase a ser humano. Los pasos del Cristo del Calvario y la Virgen de la Piedad se colocan sobre el escenario para representar el Descendimiento. Un predicador desde un balcón inicia su relato. De repente, aparecen dos sacerdotes dispuestos a interpretar su papel: son José de Arimatea y Nicodemo. Con dos escaleras suben a la Cruz y desenclavan a Cristo. Sus brazos articulados logran el “milagro”. Yacente lo llevan al centro del palio de la Dolorosa.

En este persuasivo teatro sacro las imágenes debían estar a la altura de las circunstancias, es decir, convertirse en actores convincentes. La Virgen mira hacia el Cuerpo y abre los brazos con intención de fundirse con él. San Juan y la Magdalena acarician las manos marianas para intentar parar su acción con palabras de consuelo. El apóstol toca el hombro de la Madre en un gesto emotivo, humano. Las actitudes inestables, dinámicas, de ambas tallas acentúan la teatralidad de un conjunto indisoluble. Delante, arrodilladas, María Salomé y María Cleofás cosen silentes, con pasmosa naturalidad, la Mortaja. Para este segundo “milagro”, el de conseguir vivificar un movimiento inmóvil, sólo pudo llamarse a aquel imaginero que cinco años antes, gracias a similares recursos artísticos, había fascinado a una ciudad entera con el grupo escultórico del Desconsuelo. Era la Semana Santa de 1718.

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Foto: “Jerez Información”.

Esta ceremonia pervivió hasta el siglo XX. Finalmente, el sevillanismo cofradiero que arrasa en Jerez en los años veinte y treinta acabará con ella. Lo mismo le ocurre, más tarde, al misterio bajo palio de la Piedad. Sólo su retorno a las calles en 2003 ha permitido que hoy, en su 300 aniversario, extinto ya el teatro sacro, el auténtico Barroco siga latiendo.

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La Pasión olvidada… y recuperada (II)

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La figura de Cristo sentado en una piedra, despojado de sus vestiduras, en espera de su Crucifixión y apoyada su cabeza en su mano derecha, en actitud, a la vez, abatida y ensimismada, fue una de las representaciones pasionistas más difundidas en la Edad Moderna en parte del territorio español y sobre todo en Andalucía y Canarias. Vinculada, al parecer, en origen con la idea alquímica de la melancolía, pronto esta síntesis y reflexión sobre la Pasión se popularizó y obtuvo gran éxito devocional. En Jerez la hermandad de San Antón termina incorporando esta iconografía del Cristo de la Humildad y Paciencia a la Semana Santa en el siglo XVII. De hecho, la que sería su talla titular llega a la iglesia de la Trinidad hacia 1635. Sin embargo, su curiosa historia había empezando años antes en Cádiz. En 1622 el escultor Francisco de Villegas la hace para una cofradía gaditana, que finalmente decide no quedarse con ella y entregarla al convento trinitario de nuestra ciudad. En él Villegas, que dominó la escultura de Cádiz en las primeras décadas del seiscientos, deja muestra de ese tardomanierismo aprendido en su Granada natal bajo el influjo de Pablo de Rojas y afianzado por su paso como oficial por el taller sevillano de Juan Martínez Montañés. Durante unos dos siglos este Cristo recorrió las calles de Jerez, cayendo en el olvido a lo largo del XIX.

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Desde 2008 la imagen ha vuelto a cumplir el fin procesional para el que se concibió. La recuperación, largamente esperada y no ajena a dificultades, pudo hacerse realidad gracias a una nueva hermandad que ha querido tomar el camino más difícil: el de resucitar el recuerdo de una vieja cofradía en pleno centro y con una sobriedad además muy alejada de la estética que nos llega del extrarradio. Demostrando que crecer ahondado en las raíces es también posible.

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La Pasión olvidada… y recuperada (I)

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Un capítulo bastante peculiar dentro de la historia del patrimonio escultórico de Jerez es el del abandono y dispersión de la imaginería procesional tras la decadencia que sufre el movimiento cofradiero durante el siglo XIX. Cuando las hermandades comiencen a resurgir a partir de finales del ochocientos no habrá un completo retorno a la situación anterior. La sociedad y los gustos estéticos han cambiado, algunas tallas desaparecen o son sustituidas por nuevas, y otras, perdidas ya sus antiguas dueñas, se trasladan a distintas iglesias. Y a ello se sumará la creación de cofradías con imágenes que no tuvieron en origen funciones procesionales. Esto explica la enrevesada vida de cambios de propiedad y nombre que tiene un buen número de estas piezas. En este complejo proceso algunas quedarán en el olvido. Pero en estos días me voy a detener en cuatro que, recuperadas de su ostracismo, han vuelto felizmente a las calles en los últimos años.

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La primera de ellas nació quizás con destino a algún oratorio privado. Con todo, desde 1769 figura como Virgen de los Dolores en el retablo del Cristo de la Columna de la Colegial. En 1928 se convierte en titular de La Amargura. Sale bajo palio algunos años para terminar luego sustituida y guardada en una alacena. En 1975 es devuelta al culto, aunque comienza a sufrir alteraciones que le han hecho perder parte de su aspecto primitivo. En el uso de la terracota y los pocos rasgos originales que mantiene creo que se puede ver, sin embargo, la mano del sacerdote Diego Manuel Felices de Molina, escultor dieciochesco aún por descubrir. Es el curioso caso de la Virgen del Perpetuo Socorro de El Perdón.

Renacida literalmente de sus cenizas, esta víctima metamorfoseada, modesta, aunque cargada de historia, sigue destilando, incomprensiblemente, el encanto ingenuo de lo antiguo.

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La Casa del Coronel

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Autor fotografía: http://www.abandonalia.com

Excitó la imaginación de los amantes de lo paranormal, predispuestos, sin duda, por esa mezcla de abandono hosco e inaudita estética victoriana que, de manera subconsciente, pudo despertar una imagen, seriada, de lo terrorífico, asimilada a través de la mirada dirigida del cine. El tiempo transforma nuestra percepción y convierte el buen gusto en un tétrico decorado. Lejos parece quedar ya esa sociedad anglófila, unida a la industria vinatera, que dominó Jerez en torno a las últimas décadas del siglo XIX y primeras del XX. Aún nos quedan, sin embargo, testimonios arquitectónicos tan llamativos como el Pabellón del Jockey Club, en Sementales, o el Barrio Obrero. Otro ejemplo era la Casa del Coronel, situada junto al Aeropuerto. Con sus tejados apuntados, su torreón y sus buhardillas, sus fachadas con entramados geométricos de imitación de madera, nos remitía a una clara influencia británica.

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Autor fotografía: http://www.abandonalia.com

Recientemente, María Isabel Serrano Macías la ha estudiado en un interesante artículo publicado en el último número del Boletín de Arte de la Universidad de Málaga. Construida en 1929 por Pedro Francisco Domecq y González, dicha historiadora apunta como autor a Luis Gutiérrez Soto. Este reputado arquitecto llevaría a cabo más tarde otros trabajos significativos para Jerez, como el gran edificio historicista de Larga 85, esquina con Puerta de Sevilla, o el polémico y moderno hotel que proyectó dentro del Alcázar. A partir de los 40 la casa pasó a formar parte de la Base Área de La Parra como vivienda de los oficiales del ejército del aire. Pero tras el cierre de la base, su declive ha sido imparable. Y por fin el pasado verano la piqueta, siempre tan inmisericorde, hizo acto de presencia, acabando con una obra singular. El verdadero escalofrío lo produce, no las apariciones espectrales que desaparecen con ella, sino la cruda realidad.

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La iglesia de San Mateo

 

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El perfil quebrado, ese gran bloque escalonado, de la iglesia de San Mateo se presenta como uno de los elementos ineludibles de la silueta de la ciudad histórica, en medio de un paisaje urbano contaminado hace tiempo por burdas desarmonías. Las distintas alturas que dibuja su única y colosal nave parecen además un resumen perfecto para un edificio de evolución compleja, prolongada durante siglos y que nos habla de estructuras mudéjares reaprovechadas, de ambiciosos proyectos tardogóticos frustrados, de una importante reconstrucción tras los serios daños del Terremoto de Lisboa de 1755. Días de gloria y de desdicha para un templo, ahora felizmente reabierto y en continua restauración, que también guarda una rica colección de bienes muebles dentro. El primero de ellos, su monumental retablo mayor, que vino a sustituir en el setecientos a un maltrecho altar del siglo XVI, del que aún quedan algunos restos. Un modesto carpintero elevado a ingenioso arquitecto, Andrés Benítez, fue el encargado de poner el colofón, de completar con rotundas formas dinámicas y ascendentes de madera dorada una arquitectura que no se hizo sólo con piedra.

Todo esto se ha pretendido sintetizar en el ciclo de conferencias que, dedicado a San Mateo, ha sido organizado en Enero por parte del Ayuntamiento y en colaboración con la Universidad de Sevilla. La primera de las citas se produjo el pasado 11 pero continúa este jueves 18, así como los días 25 y 31. Tienen lugar todas en el Museo Arqueológico a partir de las 17:00 y concluyen con visitas guiadas al propio monumento. Los diferentes ponentes que participamos lo haremos asimismo en un libro monográfico sobre la iglesia que, si se resuelven sus actuales problemas de financiación, verá pronto la luz. Sin duda, será un complemento ideal de estas charlas, a las que, por supuesto, animo a asistir.

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